Cerería artesanal: el legado encendido de Tenango del Valle
Entre aromas de colmena y flamas que dan forma a la fe, Marco Antonio Garduño preserva un oficio que ilumina la historia e identidad de su familia
Ximena García
Cerero de oficio y de corazón, ha dedicado su vida a dominar los movimientos que convierten la materia en símbolo, la flama en lenguaje, la cera en testimonio.
Su talento ha cruzado fronteras, pero su orgullo permanece en casa, entre su esposa Hilda Camacho y sus hijos, con quienes comparte la herencia de más de un siglo de tradición familiar.
“Soy cerero desde el vientre de mi mamá; ella moldeaba la cera y cuando se quemaba, yo lo sentía. Creo que desde entonces la flama me eligió”, recuerda con una sonrisa que se confunde con la tibieza del fuego.
Un oficio que resiste
La cerería es más que un trabajo, es una forma de entender el paso del tiempo. Marco Antonio explicó que el proceso que utiliza es el mismo que se practicaba en la Edad Media, cuando el oficio comenzó.
No hay máquinas ni moldes, sólo el movimiento lento de las manos, el pabilo, la mezcla, los pigmentos naturales y la paciencia.
“Nosotros seguimos el método original; no hemos cambiado nada. No jugamos con maquinaria ni con moldes industriales, porque la cera tiene su propio lenguaje”, dijo mientras acomoda un cirio en la mesa de madera.
El calor del caldero desprende un aroma dulce, casi hipnótico. Cada vela se construye capa a capa, como si en cada una se depositara un fragmento de historia.
En el Estado de México quedan apenas una veintena de cereros tradicionales, y la mayoría son personas mayores que aprendieron el oficio en familia.
La industria los desplazó con rapidez, y las importaciones terminaron por cubrir los anaqueles con copias baratas, idénticas, sin historia.
Garduño lo sabe y por eso insiste en la importancia de conservar la esencia.
“Los cereros somos la gente que da luz a las alegrías y a las despedidas; estamos presentes desde el nacimiento hasta la muerte, aunque muchos ya no recuerdan lo que significa una vela hecha a mano”.
La quinta generación
La tradición continúa en su hija, Madeline Garduño Camacho, quien representa la quinta generación familiar. Con 37 años, ha asumido la tarea de proteger el oficio y de adaptarlo a las nuevas formas de difusión sin perder su raíz.
En su voz hay convicción, pero también una advertencia pues la cerería artesanal se extingue frente a los productos industriales y las importaciones que inundan los mercados.
Madeline creció entre el olor a cera y el sonido del metal al derretirse; aprendió de su padre la precisión y de su madre el cuidado del color.
Cada temporada elaboran frutas de cera que parecen reales como manzanas rojas, peras amarillas, sandías, flores y calaveras que se convierten en ofrenda durante el Día de Muertos.
La pieza más difícil, confesó, es la manzana, por el reto de lograr la textura que engaña a la vista y parece recién cortada.
“Fue uno de los mayores logros de mi papá; llegar a esa forma perfecta fue un acto de paciencia y amor”.
La luz de los muertos
En la temporada de muertos, el taller se transforma. Sobre las mesas descansan velas, panes y calaveras de cera que esperan ser parte de los altares familiares.
Las frutas, modeladas con detalle, reflejan el deseo de mantener la memoria encendida.
“Estoy agradecido con la gente que me compra una vela porque me hace partícipe de lo más sagrado de su ofrenda, eso es muy alentador”, contó Marco Antonio.
Cada flama que prende una familia no sólo alumbra el altar, también ilumina el nombre de los Garduño, que desde Tenango del Valle mantienen viva la tradición.
Madeline invita a visitar su espacio en Independencia Sur 204, donde el visitante puede observar cómo se crea una vela desde el pabilo hasta el brillo final.
“Queremos que la gente entienda lo que hay detrás; que sepa que una vela no es sólo cera, sino historia, tiempo y fe. Cuando alguien la prende, también prende una parte de nuestra vida”, comentó Madeline.
Un fuego que sueña
Marco Antonio no sólo busca conservar el oficio, sueña con rescatarlo. Habla de crear un museo vivo de la cera, un espacio donde los niños puedan aprender a moldear, a sentir la textura y el calor que da sentido al trabajo.
Su mayor anhelo es elaborar el cirio pascual más grande del mundo, una vela monumental que represente la fe y el oficio que corre por su sangre.
“Quiero dejar un legado que no se apague, que demuestre que la luz también tiene historia”.

































