Johana, la albañil que desafía el cemento del machismo
En la albañilería, donde el sueldo promedio es de 8 mil 950 mensuales, muchas trabajadoras deben demostrar su capacidad una y otra vez antes de ser contratadas.
Ximena García
Desde niña, Johana Jazmín Vera Ruiz supo que su destino estaba en las obras. Creció entre hombres, viendo a sus hermanos levantar muros y mezclar cemento. Cuando la economía de su hogar se apretó, no dudó en buscar trabajo como chalán en la construcción.
Con el tiempo, aprendió el oficio y se convirtió en oficial de fierrería, una de las especialidades más exigentes del sector.
Hoy, con 22 años de experiencia en la albañilería, sigue enfrentando un obstáculo que no se derrumba con cemento ni con esfuerzo: el machismo.
En México, la industria de la construcción es territorio masculino. Según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), solo 150 mil mujeres trabajaban en este sector, lo que representa apenas 0.8% de la fuerza laboral.
De ellas, alrededor de 30 mil se dedican a la albañilería. Aunque los datos muestran un ligero crecimiento en la participación femenina, la brecha es profunda.
A pesar de que en promedio las mujeres en la construcción ganan más que los hombres (8 mil 230 contra 7 mil 970 pesos mensuales), el camino para acceder a esos salarios está lleno de obstáculos.
En la albañilería, donde el sueldo promedio es de 8 mil 950 mensuales, muchas trabajadoras deben demostrar su capacidad una y otra vez antes de ser contratadas. Para ellas, el reto no es solo físico, sino de credibilidad.
Construir oportunidades entre prejuicios
Johana lo ha vivido en carne propia. Dentro de la obra, sus compañeros la han recibido con escepticismo, pero con el tiempo han reconocido su habilidad y la han integrado.
No obstante, el verdadero problema está al inicio de cada proyecto, cuando debe convencer a arquitectos e ingenieros de que puede hacer el trabajo.
‘El tope muchas veces no lo ponen los hombres, sino las mismas mujeres’, señaló. ‘Vas a pedir trabajo de oficial y te dicen: ‘No tengo, pero sí hay de limpieza’. Como si no fuéramos capaces de hacer lo mismo que un hombre’.
En más de una ocasión, una excusa ha sido suficiente para cerrarle la puerta. Recordó cuando una ingeniera le negó un puesto al argumentar que solo había un baño en la obra y era para hombres.
‘Como si una taza del baño fuera un impedimento’, comentó con ironía.
El proceso se repite cada vez que termina una obra. Mientras que a sus compañeros hombres los contratan con facilidad, ella debe volver a demostrar su capacidad.
‘Vas a buscar trabajo y si hay tres hombres y yo, se quedan con ellos y yo me quedo sin empleo’, dijo. La frustración es inevitable, pero su determinación la mantiene en pie.
La fuerza no está en los músculos, sino en la maña
En el imaginario social, la albañilería es sinónimo de fuerza bruta, pero Johana sabe que más vale la maña que la fuerza.
‘No se trata de cargar más, sino de saber cómo hacerlo’. Sin embargo, la creencia de que las mujeres no tienen la resistencia necesaria es un argumento para negarlas en el sector.
Para ella, la clave para abrirse camino ha sido demostrar su capacidad una y otra vez. Su recomendación para otras mujeres que quieren incursionar en este o cualquier otro oficio dominado por hombres es simple: intentarlo.
‘A la primera no sale, a la segunda tampoco, pero con la práctica y el tiempo lo vas a lograr. Si algo te gusta, te llena, te hace feliz, lo vas a hacer bien’.
Más que un trabajo, un orgullo
Más allá de levantar edificios, Johana ha construido su propia historia. En Naucalpan, logró edificar su casa y, en Aguascalientes, la de su madre. Cada muro que ha levantado es una prueba de que su talento y esfuerzo valen más que cualquier prejuicio.
Rompiendo el techo de cemento
El camino para las mujeres en la construcción sigue siendo cuesta arriba. No basta con ser buenas en el oficio; deben ser el doble de persistentes para que se les reconozca. Johana lo sabe, pero también tiene claro que los límites son mentales y que el cambio empieza desde la infancia.
‘Nosotras mismas ponemos las trabas. Nos enseñaron que la cocina es nuestro lugar, pero no es así. Tenemos que educar a nuestras hijas e hijos en igualdad, enseñarles que pueden ser autosuficientes y decidir su propio camino’.
Johana no solo construye edificios, sino también un legado. Con cada muro que levanta, derrumba los prejuicios de una industria que, aunque resistente al cambio, no es impenetrable. La lucha por la equidad en la construcción sigue, pero cada mujer que alza la voz y el cincel abre una nueva grieta en el techo de cemento del machismo.































