Llegó la ayuda desde Toluca; Poza Rica bajo el lodo
Voluntarios de la Cruz Roja Mexicana entregaron despensas, cobijas y colchones en las zonas más devastadas por el desbordamiento del río Cazones
Voluntarios de la Cruz Roja Mexicana entregaron despensas, cobijas y colchones en las zonas más devastadas por el desbordamiento del río Cazones

Ximena García
El aire huele a humedad podrida, a lágrimas de rabia y desesperanza. El lodo se pegó a las paredes, se filtró en los techos, se instaló en los muebles. Aunque ahora el nivel del agua bajó, la tierra respira por las grietas. En la colonia Palma Sola, en el municipio de Poza Rica, Veracruz, en medio de jornadas que no terminan, la ayuda comenzó a fluir este viernes.
A las 11:00 horas, un convoy con el emblema de la Cruz Roja dobló por la calle Almatira 2. Desde Toluca, Morelos y Ciudad de México, partieron más de cien voluntarios con despensas, cobijas y colchones para las familias que llevaban casi una semana sin agua ni luz. Nadie los esperaba, pero todos salieron al encuentro.
Al paso de los camiones, los niños levantaron las manos embarradas de barro. Los adultos observaban en silencio, como si aún no creyeran que alguien había llegado.
La corriente llegó sin aviso. En cuestión de minutos, el río Cazones se metió por las calles, empujó muros, levantó autos y arrancó de tajo todo lo que encontró. Las casas de un piso desaparecieron bajo el agua.
Algunos corrieron descalzos, otros se refugiaron en los techos, sin saber si volverían a pisar tierra seca.
“Nos inundamos mucho, las casas se desaparecieron, todavía hay lodo hasta las rodillas, pero les agradecemos que hayan venido”, dijo Leslie, la primera en recibir una caja blanca con la cruz roja que distingue a la Institución de Asistencia Privada entre los brazos. Su voz se quebró.

Detrás de ella, más de 500 personas se formaron en línea que zigzagueaba para recibir ayuda.
Por las calles los colchones apilados, refrigeradores oxidados, fotografías pegadas a las bardas como si todavía esperaran ser vistas, son el retrato de la desgracia. El olor es espeso, mezcla de lodo, drenaje y muerte.
Gabriela observaba lo que quedaba de su casa. Los muros húmedos se inclinan hacia dentro, como cansados de sostener el peso del desastre.
“No sabemos qué está esperando el gobierno; la ayuda no llega a todos lados. Queremos vacunas contra el tétanos, que hagan lo que les corresponde”, dijo mientras movía con un palo los restos de su sala.
Un hombre se sentó en el estribo de una ambulancia. Había perdido una bota en el lodo. Una paramédica le limpiaba la herida con alcohol, sin decir palabra.
A unos metros, varias mujeres paleaban la tierra con cubetas y tablas; el aire en esta colonia está tan cargado que respirarlo duele.

“No todos pudimos correr cuando el río llegó a las casas. Hay gente desaparecida. Tenemos miedo de que estén ahí, entre el barro”, contó otro vecino, mirando el suelo.
Desde el centro nacional de abastecimiento de Cruz Roja Mexicana, en Toluca, salieron cien toneladas de víveres hacia Veracruz. Palma Sola fue el primer punto de entrega.
El presidente del Consejo Nacional de Directores de la Cruz Roja Mexicana, Carlos Freaner Figueroa, encabezó el operativo.
“Sabemos que más de 18 mil personas se han beneficiado en muchos aspectos. Las despensas se están fabricando en Toluca para seguir apoyando durante las próximas semanas”, explicó mientras las unidades se distribuían por las calles.
En Veracruz, las autoridades reportaron más de 300 mil personas afectadas. Hasta la mañana de este viernes, de acuerdo con datos oficiales, se habían repartido 58 mil 288 despensas, 47 mil 920 comidas calientes y 227 mil litros de agua embotellada.
Pero en Palma Sola, las cifras no decían nada, lo que se cuenta es el olor, el silencio, la pérdida.

Antes de que llegara la ayuda, nadie había tocado la puerta. “La ayuda del gobierno municipal no ha llegado, tampoco del estado. Han venido influencers desde otros lugares, pero políticos, no. Ni nuestro gobierno, nos están dejando solos”, dijo Leslie, vecina del lugar.
En su calle, las mujeres cargaban cubetas de lodo, los hombres levantaban colchones empapados. El olor es insoportable por el drenaje, lodo, animales muertos, aunque algunos ya están en bolsas. Los cubrebocas servían más para protegerse del hedor que de cualquier virus.
El río Cazones dejó su marca en cada esquina. Los árboles parecen desollados, los autos siguen encimados unos sobre otros o en las casas o en los rincones públicos, y los muebles forman montones al borde de la calle, como si el barrio entero hubiera sido volteado del revés.
A casi una semana de la inundación, las calles de Poza Rica siguen cubiertas de barro. En la colonia 27 de Septiembre fue hallado el cuerpo de una mujer reportada como desaparecida; en Palma Sola todavía había familias buscando entre los escombros, temen en silencio que sus desaparecidos estén entre el barro, pero no saben ni cuántos son.
Aunque el gobierno estatal informó sobre el despliegue de 600 maquinarias, en esta colonia el trabajo es mayoritariamente a mano y con dos retroexcavadoras, un vactor y una pipa de agua. Insuficiente. Por ello los vecinos limpian con palas improvisadas y fe.
Una mujer observa los restos de su casa. “No hay luz, no hay agua limpia. Dormimos arriba porque el piso sigue mojado. El olor no se va”, dijo sin apartar la mirada de lo que antes fue su cocina.
Un poco más adelante, dos jóvenes apoyaban los brazos sobre un auto cubierto de barro. En las manos tenían una caja de víveres. Detrás, una retroexcavadora intentaba abrir paso entre los charcos.
El ruido del motor se confunde con el golpe de las palas, con el murmullo de los que buscan algo que rescatar.
Cada familia guarda un pequeño inventario de lo que sobrevivió, aunque fuera solo una foto, una olla, una prenda seca. Palma Sola es una herida abierta donde el lodo se ha vuelto parte de la piel.
Mientras en Toluca se preparan nuevos envíos de ayuda por parte de la Cruz Roja con los donativos que llegan a cuentagotas a las sedes, en Poza Rica el tiempo se detuvo.

La gente aprende a medir los días por el avance del fango y el regreso lento de la esperanza. Saben que pronto la emergencia dejará los titulares, pero el desastre seguirá ahí, cubriendo la vida con una capa de silencio.
Por ahora se aferran a lo que llega, una caja con víveres, una cobija seca, un vaso de agua limpia. Y aunque el barro les cubre las piernas, siguen de pie.
“Que no nos olviden”, dijo un vecino antes de volver al lodo. Su voz se perdió entre el ruido de las palas, bajo el mismo cielo que, esa tarde, volvió a prometer lluvia.
El hecho ocurrió tras abordar un taxi de aplicación. La mujer apareció horas después en un hotel de Ecatepec y el hombre fue abandonado en Atenco.