Michelle Sánchez
Cada tarde, una vez por semana, en distintos puntos del municipio de Chapa de Mota, cuadernos, lápices y pizarrones improvisados marcan el inicio de una escena poco común: adultos mayores sentados frente a un abecedario, decididos a aprender lo que durante décadas les fue imposible.
La mayoría supera los 60 años. Muchos nunca pisaron una escuela o abandonaron la educación en la infancia por motivos económicos, familiares o por la falta de servicios educativos en comunidades rurales. Hoy, enfrentan el reto de leer y escribir por primera vez, conscientes de que el aprendizaje no tiene edad.
Aprender pese al miedo y la vergüenza
De acuerdo con datos oficiales, alrededor del 11.4 por ciento de las personas adultas mayores en Chapa de Mota no saben leer ni escribir, una cifra que revela el rezago educativo que persiste en municipios con alta dispersión poblacional.
El fenómeno afecta con mayor fuerza a las mujeres, quienes durante años priorizaron el trabajo doméstico, el cuidado de la familia o las labores del campo. Para muchas, volver al aula implica superar no sólo la dificultad académica, sino el temor a equivocarse o a ser juzgadas.
Sin embargo, escribir su nombre por primera vez o leer una frase completa se convierte en un logro que transforma su autoestima y su relación con el entorno.
Clases que se adaptan a la vida cotidiana
Ante esta realidad, el Ayuntamiento de Chapa de Mota, en coordinación con el Instituto Nacional para la Educación de los Adultos (INEA), puso en marcha una campaña de alfabetización dirigida a personas adultas mayores y otros sectores vulnerables.
Las clases se imparten una vez por semana, en horario vespertino, lo que permite a los participantes organizar sus actividades diarias y asistir de manera constante. En cada grupo se reúnen entre 20 y 25 personas, aunque en algunas comunidades el número es menor.
Más allá de las cifras, lo que destaca es la constancia: hombres y mujeres que, pese a la edad o las dificultades iniciales, deciden no abandonar.
Leer para vivir con mayor autonomía
Las sesiones no se limitan a la lectoescritura básica. También se trabaja la comprensión de textos sencillos y habilidades prácticas, como leer indicaciones, entender documentos oficiales o identificar información esencial en trámites y servicios.
En un contexto donde el acceso a programas sociales, atención médica y gestiones administrativas requiere conocimientos mínimos de lectura y escritura, el impacto del aprendizaje se vuelve inmediato y tangible.
Un espacio de convivencia y dignidad
Autoridades locales señalan que el interés por el programa ha crecido conforme se difunden los avances en las comunidades. Vecinos que al inicio dudaban, hoy se suman al observar los resultados.
Este crecimiento ha permitido consolidar grupos y ampliar la cobertura de la campaña, que no sólo busca atender el analfabetismo, sino el rezago educativo, el cual alcanza al 18.5 por ciento de la población mayor de 15 años en el municipio, según el INEA.
Para muchos participantes, estas clases representan algo más que aprender a leer y escribir: son un espacio de convivencia, confianza y recuperación de la dignidad. Una prueba de que nunca es tarde para aprender y de que el aula también puede llegar cuando la vida ya parecía escrita.