Suben sin equipo, bajan entre cenizas: la lucha comunitaria contra el fuego en Lerma
Caminatas cuesta arriba para enfrentar las llamas que, presumen los voluntarios, han sido provocadas por talamontes
Ximena García
Desde hace cuatro días, hombres y mujeres suben con lo que tienen, como palas, picos, machetes, asadones. Se cubren el rostro con paliacates; algunos, con máscaras especiales.
La mayoría no tiene equipo de protección personal, pero igual se organiza. Caminan en grupo, se turnan para cargar herramientas, se hidratan con lo poco que llevan o lo que otros les donan.
Trabajan entre cuatro y cinco horas antes de iniciar el descenso por un camino erosionado por la sequía y el abandono. La tierra se ha quebrado; la vegetación, en muchos tramos, ha desaparecido.
Señales de provocación
El primer aviso fue el humo. Lo vieron a lo lejos por lo que subieron el sábado y ahí estaban garrafones, encendedores, restos de maquinaria vieja para tala. Las llamas no aparecieron solas.
Brigadistas comunitarios, que prefieren el anonimato por temor a represalias, señalaron que el fuego se encendió en distintos puntos. No es la primera vez que arde esa zona, pero ahora, dicen, hay rastros claros de provocación.
En una sola jornada llegaron a detectar hasta seis frentes activos. Zonas que un día fueron controladas, al siguiente vuelven a prenderse.
Donde reaparece el fuego, también aparecen los bidones. Una vecina recuerda que el domingo se reportó a dos jóvenes con garrafones y cuatro perros pitbull merodeando el cerro. No hay vigilancia, tampoco filtros de ingreso.
Las autoridades aseguran que no pueden intervenir porque es terreno ejidal.
Fuego sin respuesta institucional
Del lado de Analco y Atarasquillo no hay Protección Civil, Guardia Nacional ni brigadistas oficiales. A diferencia de Salazar, donde sí se desplegaron cuerpos de emergencia, aquí nadie ha llegado.
Les dicen que no hay caminos, que el terreno es riesgoso. Para los comuneros, eso no basta.
El viento complica todo ya que, por la inclinación del cerro, el fuego se extiende rápido, cambia de dirección, se escapa.
Aunque han logrado contener algunas partes, las llamas regresan. No hay coordinación oficial ni perímetros resguardados.
Han solicitado patrullajes, filtros de acceso en la zona del Nuevo Panteón de San Mateo, monitoreo en el punto donde todos suben. No obtuvieron respuesta.
Una vecina relató que el municipio negó apoyo logístico días antes. Sin embargo, después vieron a la Guardia Nacional en un punto cercano. Nadie les informó. Nadie les explicó.
Herramientas comunitarias y cuerpos marcados
Sin respaldo institucional, la comunidad se ha hecho cargo. Todo lo que hay, lo han reunido entre vecinos. Les llegan guantes, botellas de agua, comida y herramientas. Nadie ha donado mascarillas, cascos, botas.
Además, no hay paramédicos ni ambulancias pese a que varios voluntarios han salido lastimados.
Una mujer se quemó los pies. “Al menos que nos den herramienta”, dijo.
No forman parte de un programa ni de un colectivo formal pues la organización es incipiente en esta zona de Lerma. La urgencia los unió.
Quienes ya están arriba mandan fotos, videos, ubicaciones. Los demás se suman como pueden.
La ayuda llega de casa, no del Congreso ni del municipio. Alguien sube con un pan, otro con suero; mientras que, quienes no suben, comparten la información. Desde Facebook, alertan, difunden, sostienen.
Territorio en disputa
No es la primera vez que se sospecha que el fuego busca preparar el terreno para cambiar el uso de suelo. Esta vez, dicen, están las pruebas, estaban los encendedores, garrafones y la maquinaria.
Pese a sus esfuerzos, aún no tienen cifras exactas sobre lo que ya se perdió con el fuego.
































