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Localmiércoles, 28 de enero de 2026

Don Pancho, uno de los últimos globero que camina Toluca

A sus 73 años, Pancho López recorre pueblos y barrios con un manojo de globos al hombro. Su silbido aún convoca sonrisas infantiles en una ciudad donde su oficio, heredado de su padre, se extingue poco a poco.

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Rodrigo Miranda

Cada mañana, con paso lento pero firme, sale de su casa con un palo de madera al hombro y una bolsa repleta de globos. No busca grandes ventas: busca miradas curiosas, niños que todavía se emocionan cuando escuchan su silbido, esa señal antigua que anuncia que los globos han llegado.

La herencia del padre

Don Pancho nació en la Ciudad de México, pero desde niño su vida se trasladó a Toluca. Su padre, también globero, le enseñó el oficio y lo trajo a estas tierras donde, con el paso de los años, echó raíces.

“Desde entonces yo me he dedicado a la venta de globos. Aquí sigo, viviendo de esto, aunque poco a poco se va quedando en el olvido”, cuenta. Durante décadas recorrió calles, comunidades y municipios aledaños donde aún conserva clientela, sobre todo en pueblos donde la tradición resiste más que en la ciudad.

Menos ventas, el mismo cariño

Las ventas ya no son las de antes. Don Pancho lo sabe y lo dice sin dramatismo.

Yo me salgo todos los días y ando caminando vendiendo mis globos. No te puedo decir que vendo muchos como antes, pero ahí la vamos pasando”, relata. Para él, el valor del oficio no está solo en el dinero: está en el cariño con el que lo ejerce, en la memoria de su padre y en la dignidad del trabajo diario.

Globos de moda vs. globeros de calle

En Los Portales de Toluca existen espacios destinados a la venta de globos, pero don Pancho es claro: ahí no está el corazón del oficio.

“Los verdaderos globeros de Toluca somos los que todavía caminamos como antes. Ellos están sentados y venden globos de moda”, afirma, marcando la diferencia entre la tradición y la venta estática.

La solidaridad que sostiene

A pesar de todo, don Pancho reconoce que su oficio sigue siendo bien visto. La gente lo saluda, lo reconoce y, aunque no siempre compra globos, suele ofrecerle algo para seguir adelante.

“A veces no me compran, pero me regalan un taco, agua o unos pesos. Eso es bonito, porque me hacen sentir que mi oficio todavía vale”, dice. En el camino escucha frases que lo sostienen: padres que señalan y dicen a sus hijos: ‘Mira hijo, un globero’.

“Si volviera a nacer, volvería a ser globero”

Nunca ha pensado en dejarlo. Para don Pancho, vender globos no es solo un medio de subsistencia: es una herencia y una identidad.

Si yo volviera a nacer, volvería a ser globero, pero un globero de los buenos, como soy”, concluye.
Mientras Toluca avanza, él sigue caminando. Con globos, con silbido y con una historia que se niega a desaparecer.

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