El factor tecnológico. La mayoría de los drones comerciales provienen de China y otros países asiáticos, lo que reduce sus costos, pero también plantea riesgos en términos de ciberseguridad. Si los dispositivos operan con software vulnerable o claves genéricas, podrían ser intervenidos por terceros, incluyendo el crimen organizado.
La falta de regulación aérea. Actualmente, los drones pueden volar prácticamente sin restricciones, lo que representa un peligro tanto para la seguridad ciudadana como para la prevención del delito. Es urgente establecer normativas más estrictas, con permisos especiales que delimiten su uso y geolocalización.
La delgada línea entre el uso recreativo y el uso criminal. La tecnología avanza más rápido que las leyes, y esto deja un vacío legal sobre cómo distinguir entre un dron utilizado para entretenimiento y uno con fines delictivos.