Mundomiércoles, 7 de mayo de 2025
El lugar donde los papas lloran: la historia detrás de la Sala de las Lágrimas
La habitación donde un cardenal se convierte en líder de la Iglesia Católica
Rosaura Rincón

En el corazón del Vaticano, escondida de los ojos del mundo, existe una pequeña habitación que ha sido testigo silencioso de uno de los momentos más íntimos y conmovedores en la vida de cada Sumo Pontífice. La “Sala de las Lágrimas”, como se le conoce por tradición, representa el primer espacio donde el hombre elegido como líder de la Iglesia Católica enfrenta la magnitud de su nueva misión.
Ubicada a la izquierda del altar mayor de la Capilla Sixtina, justo bajo el imponente “Juicio Final de Miguel Ángel”, esta modesta antecámara recibe su nombre por las emociones que allí han desbordado los papas recién electos, cuando el peso de la responsabilidad que acaban de aceptar se manifiesta en forma de lágrimas.
La sacristía del Vaticano, ajena al recorrido turístico y vedada al público, conserva una atmósfera de sagrada intimidad. Sus paredes blancas, adornadas con vestigios de antiguos frescos, albergan una sencilla mesa con una imagen de la Virgen con el Niño, un sofá de terciopelo rojo y un gran crucifijo pastoral que completa la austera decoración. El terrazo del suelo conecta con la Capilla Sixtina a través de un estrecho pasillo, simbolizando el camino entre el hombre y su destino pontificio.
Es en este espacio donde, tras aceptar ser el sucesor del apóstol Pedro, el elegido encuentra tres sotanas blancas de diferentes tallas, cuidadosamente confeccionadas por la tradicional sastrería romana Gammarelli. También aguardan pares de zapatos papales, estolas, esclavinas rojas y otras prendas del ajuar papal. En absoluta soledad y silencio, probará las vestiduras que mejor le acomoden, transformándose físicamente en el 267º sucesor de Pedro.
Lo que ocurre en esos momentos de introspección papal queda guardado en el corazón del nuevo pontífice. Quizás sea la culminación de la tensión acumulada durante el cónclave, tal vez la emoción del momento o la súbita comprensión de la misión universal que acaba de asumir lo que humedece sus ojos.

Ya ataviado con el blanco papal, el nuevo Sumo Pontífice regresará a la Capilla Sixtina, donde será recibido con un largo aplauso por el colegio cardenalicio. Cada purpurado se acercará entonces a presentarle su obediencia, mientras el cardenal protodiácono —actualmente el francés Dominique Mamberti— se dirige a la logia de las bendiciones de la Basílica de San Pedro para anunciar al mundo la feliz noticia con la tradicional fórmula: “Annuntio vobis gaudium magnum; habemus papam” (Os anuncio una gran alegría; tenemos Papa).
En ese momento, cuando las campanas de Roma repican anunciando al nuevo líder de la Iglesia Católica, pocos imaginan que minutos antes, en la intimidad de aquella pequeña sala, un hombre ha experimentado la transformación más profunda de su vida, derramando quizás las lágrimas más sinceras de su existencia ante la trascendencia del cargo papal que acaba de aceptar.