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En medio de la tormenta mediática y la obsesión de algunos por ver crisis donde hay avances, se acaba de anunciar un logro que marca época: el Infonavit duplicará su meta para este sexenio, construyendo 1 millón 200 mil viviendas para el pueblo de México.
Puede parecer un dato técnico, una cifra burocrática. Pero no lo es. Es un golpe político y social directo contra el corazón de un modelo neoliberal que durante décadas convirtió la vivienda en negocio de especuladores, constructoras y bancos que veían en el patrimonio de los trabajadores un simple instrumento de deuda.
Hoy, lo que vemos es algo más profundo: la recuperación de la soberanía social. No hablamos solo de casas, hablamos de dignidad. El techo que se levanta en Benito Juárez, en La Paz o en Cancún, no es solo concreto y varilla: es un recordatorio de que lo público funciona, de que el ahorro de los trabajadores regresa a los trabajadores.
Durante el periodo neoliberal, el Infonavit fue saqueado, reducido a una caja chica para empresarios cercanos al poder y utilizado para financiar negocios turbios. Recordemos nombres como Vicente Fox y Felipe Calderón, que entregaron el derecho a la vivienda a constructoras fantasmas; o a Enrique Peña Nieto, que convirtió el suelo en mercancía y permitió la expansión de fraccionamientos sin servicios ni alma. El resultado: casas abandonadas, familias endeudadas, ciudades rotas.
La Cuarta Transformación cambió esa lógica. Con programas como Mejoravit Solo Para Ti, la condonación de adeudos y la actualización de créditos, se liberó a miles de familias de deudas. Y ahora, con esta nueva meta, se demuestra que la vivienda vuelve a ser un derecho social y no un privilegio de mercado.
Esto es justicia económica: devolver a los trabajadores lo que por derecho les corresponde. Y también es continuidad obradorista, porque el proyecto que inició López Obrador con la recuperación de la soberanía energética, hoy se prolonga con Claudia Sheinbaum en la soberanía social.
Quienes hoy critican, son los mismos que ayer aplaudieron la privatización. Quienes hoy descalifican, son los mismos que dejaron al pueblo sin techo y con deudas impagables. La vivienda digna no es caridad, es justicia. Y cuando 1 millón 200 mil familias tengan un hogar en este sexenio, no será un regalo: será el fruto de una transformación que decidió poner al pueblo en el centro.
Porque soberanía no es solo petróleo, electricidad o territorio: también es la seguridad de tener un lugar donde vivir, crecer y soñar. Esa es la herencia que vale más que cualquier negocio privado. Esa es la transformación que seguirá marcando el rumbo de México.