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Desde Bcsicletos hemos insistido en algo que hoy resulta imposible seguir ignorando: la mala calidad del aire en La Paz no es un accidente ni un problema aislado. Es el resultado de una crisis urbana producida por años de planeación deficiente, expansión desordenada de la ciudad, crecimiento territorial disperso y políticas públicas que han privilegiado un modelo de desarrollo turístico-inmobiliario y una movilidad centrada en el automóvil. El propio Compendio de la Alianza por la Calidad del Aire de La Paz advierte que la ciudad ha comprometido su calidad del aire por un modelo urbano y energético sostenido en combustibles fósiles, crecimiento desordenado y expansión del parque vehicular.
En ese contexto, hablar de calidad del aire es hablar también del tipo de ciudad que hemos construido. La Paz se ha extendido cada vez más, obligando a recorrer mayores distancias para trabajar, estudiar, comprar o acceder a servicios. Esa forma de urbanización ha empujado a miles de personas a depender del auto para casi todo, mientras el transporte público sigue rezagado y la infraestructura peatonal y ciclista continúa siendo insuficiente o francamente indigna. El compendio señala que en La Paz el crecimiento poblacional, el aumento del parque vehicular, la falta de regulación sobre emisiones y la limitada inversión en alternativas de movilidad han contribuido significativamente al deterioro de la calidad del aire.
Los datos son contundentes. En Baja California Sur, las fuentes móviles son responsables del 93% del monóxido de carbono y del 41% de los óxidos de nitrógeno emitidos a la atmósfera. En el municipio de La Paz, INEGI reportó 285,620 vehículos en circulación en 2022; además, el propio compendio recupera una estimación según la cual, al considerar unidades no registradas oficialmente, la cifra real podría ascender a 1.27 vehículos por persona. Dicho de otra manera: en esta ciudad hay más autos que personas. Más que una curiosidad estadística, esto retrata con crudeza el fracaso de un modelo de movilidad que sigue invirtiendo recursos públicos para facilitar el flujo vehicular, en lugar de garantizar el derecho a movernos con seguridad, dignidad y menor impacto ambiental.
Desde Bcsicletos también hemos documentado esta realidad desde abajo, desde la calle y desde la experiencia ciudadana. Como parte de la Alianza por la Calidad del Aire, hemos sostenido trabajo de monitoreo ciudadano desde 2018. Primero, mediante recorridos con dispositivos desarrollados internamente para registrar contaminantes asociados a fuentes móviles en rutas de alta afluencia vehicular; después, sumados a los que se realizan con estaciones fijas de monitoreo que permitieron medir distintas variables ambientales en tiempo real. Los resultados de esos ejercicios han mostrado de manera consistente que la calidad del aire en La Paz no cumple con estándares nacionales e internacionales y que persisten concentraciones elevadas de contaminantes característicos del transporte motorizado. Incluso durante la pandemia, cuando disminuyó el uso del automóvil, se observó una reducción de la contaminación, reforzando la relación directa entre tráfico vehicular y deterioro del aire.
Pero la crisis no termina en los escapes de los automóviles. La Paz también ha cargado durante años con el peso de un modelo energético profundamente injusto. Las centrales eléctricas instaladas en la ciudad destacan entre las principales emisoras de contaminantes atmosféricos, particularmente dióxido de azufre, óxidos de nitrógeno y material particulado. El compendio subraya que las fuentes fijas fueron las principales emisoras en el inventario analizado y que, dentro de ellas, destacan las centrales de generación eléctrica de La Paz. También advierte que la generación de electricidad con combustibles fósiles sigue siendo una de las principales fuentes de contaminación del aire. En los hechos, nuestra ciudad ha sido tratada como zona de sacrificio para sostener un esquema de falso desarrollo que explota el territorio, concentra beneficios en otros polos regionales y deja aquí una parte importante de los costos ambientales y sanitarios.
Por eso, desde Bcsicletos creemos que no basta con hablar de transición energética en abstracto ni con celebrar cualquier proyecto renovable sin mirar su contexto territorial. Una transición energética justa no consiste solamente en cambiar combustibles fósiles por fuentes renovables; exige también regulación, planeación urbana y límites claros al crecimiento depredador.
Si la energía “limpia” termina alimentando el mismo patrón de turistificación, expansión inmobiliaria, segregación socioespacial y dependencia del automóvil, entonces no estamos transformando el modelo: solo lo estamos maquillando.
La salida requiere decisiones de fondo. Primero, reordenar la ciudad y frenar la lógica de expansión urbana que incrementa distancias, costos y emisiones. Segundo, redirigir la inversión pública para construir un sistema de movilidad verdaderamente sustentable: transporte público eficiente, cómodo y asequible; banquetas continuas, seguras y accesibles; cruces dignos; y red ciclista útil para la vida cotidiana. Tercero, asumir la calidad del aire como un asunto de salud pública, justicia ambiental y derecho a la ciudad, no como un tema técnico secundario. Y cuarto, fortalecer la participación ciudadana y el monitoreo social, porque sin una comunidad informada y organizada no habrá gobernanza efectiva del aire que respiramos.
El propio compendio de la Alianza sostiene que la participación ciudadana es fundamental para visibilizar preocupaciones comunitarias, fortalecer la transparencia y construir soluciones más inclusivas y sostenibles.
Respirar aire limpio en La Paz no debería ser un privilegio. Debería ser una condición mínima de una ciudad justa. En Bcsicletos seguiremos defendiendo esa idea: que la calidad del aire se juega en la manera en que producimos energía, en cómo planeamos el territorio y en para quién diseñamos nuestras calles. Porque disputar el aire, al final, también es disputar el futuro de La Paz.