Desde Alaska, aves migratorias encuentran un refugio en Baja California Sur
El investigador Víctor Ayala advierte que la península es esencial para el ciclo de vida de miles de aves, aunque enfrentan amenazas crecientes por el avance urbano y la falta de conciencia social
“El Día Mundial de las Aves Migratorias busca generar conciencia sobre los desafíos que enfrentan estas especies en su tránsito, especialmente al cruzar entornos cada vez más urbanizados”, explicó Ayala.
Cada año, miles de aves playeras, acuáticas y terrestres utilizan este eje para desplazarse, ya sea para reproducirse, invernar o recargar energía en sus largos trayectos.
“Estos sitios están reconocidos a nivel internacional por la diversidad y número de individuos que albergan. Son hábitats insustituibles para muchas especies que dependen de ellos en distintas etapas de su vida”.
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Además, muchos de estos sitios se mantienen bien conservados, algunos dentro de áreas naturales protegidas como la Reserva de la Biósfera El Vizcaíno”.
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Desde el Laboratorio de Aves de la UABCS y el Programa de Aves Urbanas (PAU), se realizan actividades abiertas al público para fomentar ese vínculo.
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El playero rojizo está catalogada como “en peligro de extinción” en México. / Foto: Cortesía / Víctor Ayala
La Paz, Baja California Sur.– Cada año, miles deaves migratorias cruzan cielos, océanos y continentes hasta encontrar en Baja California Sur un punto de descanso, alimentación o refugio invernal.
Esta franja del noroeste mexicano, bordeada por humedales costeros y zonas aún bien conservadas, se ha consolidado como uno de los territorios más importantes del continente para diversas especies aladas que dependen de este entorno para sobrevivir.
En el Día Mundial de las Aves Migratorias, El Sudcaliforniano conversó con el profesor investigador Víctor Omar Ayala Pérez, integrante del Laboratorio de Aves de la Universidad Autónoma de Baja California Sur (UABCS) y asesor científico de ProNatura Noroeste.
En entrevista, Ayala ofreció un panorama integral del papel que juega el estado en la conservación de las aves migratorias, las amenazas que enfrentan y la necesidad de asumir responsabilidades compartidas, tanto a nivel local como global.
Cada año migran por el corredor del Pacífico más de mil millones de aves en América del Norte. Baja California Sur es punto clave para su descanso y alimentación. / Foto: Cortesía / Víctor Ayala
La temática de este año, centrada en “crear espacios compartidos y ciudades amigables para las aves”, responde precisamente a la creciente presión que ejerce el desarrollo humano sobre los ecosistemas que estas aves necesitan para sobrevivir.
En este contexto, Baja California Sur destaca por su posición geográfica estratégica. Su territorio se inserta dentro del corredor migratorio del Pacífico, una ruta que recorre desde las tundras de Alaska hasta las costas de Sudamérica.
Cada invierno, miles de gansos de collar migran desde Alaska hasta humedales de BCS como Bahía Magdalena y San Ignacio. / Foto: Cortesía / Víctor Ayala
La tendencia que advierte el profesor Ayala no es un caso aislado. A nivel continental, la pérdida de aves es ya una señal de alarma ambiental: desde 1970, América del Norte ha perdido cerca del 29% de su población de aves silvestres, lo que equivale a 2.9 mil millones de individuos desaparecidos, según un estudio publicado en la revista Science.
Las aves han sido catalogadas como “barómetros de salud ambiental”, es decir, su declive indica fallas sistémicas en la capacidad del planeta para sostener la vida. El mismo estudio señala que la magnitud de las pérdidas se extiende a más de 300 especies distintas, y que esta crisis no se limita a casos aislados de aves en peligro de extinción: es también una tragedia silenciosa entre aquellas que habitan de forma habitual nuestros jardines, humedales y costas.
El playerito occidental, que mide menos de 15 cm, migra desde el norte de Alaska y utiliza humedales de Baja California Sur para descansar y continuar hacia Sudamérica / Foto: Cortesía / Víctor Ayala
La península, explica Ayala, ofrece una red de humedales costeros de altísimo valor ecológico, entre ellos Guerrero Negro, Laguna San Ignacio, Bahía Magdalena y la Ensenada de La Paz.
El 50% de la población invernal de esta especie, catalogada como “en peligro de extinción” en México, depende de los humedales de Guerrero Negro para su supervivencia. / Foto: Cortesía / Víctor Ayala
Aunque el término “migración” puede parecer abstracto, el fenómeno es tan concreto como asombroso. Ayala narra el caso del playerito occidental, un ave que no supera los 15 centímetros y que realiza un recorrido desde las costas de Alaska hasta Centro y Sudamérica.
Muchas de estas aves hacen escala en Baja California Sur para descansar y alimentarse antes de continuar su viaje. “No sólo somos una zona de paso, también somos un sitio de invernación. Aquí se quedan miles de aves todo el invierno porque encuentran alimento y condiciones adecuadas”, puntualizó el especialista.
Ejemplo de ello es el picopando canela (Limosa fedoa), cuya mitad de la población mundial pasa el invierno en Guerrero Negro, o el playero rojizo (Calidris canutus), capaz de cubrir el trayecto Alaska–Baja sin escalas.
Cada segundo sábado de mayo se festeja el día internacional de las aves migratorias. / Foto: Cortesía / Víctor Ayala
El propio Ayala lo resume con una imagen contundente: “Estas aves conocen más lugares que muchas personas en toda su vida. Y lo hacen con cuerpos diminutos, soportando el frío, el viento, la altura… llegan a volar hasta 10 mil pies, como los aviones comerciales”.
El investigador recalca que la razón por la cual estas aves eligen BCS no es casual. “Los humedales costeros son ecosistemas increíblemente productivos. En ellos hay abundancia de pequeños invertebrados que sirven de alimento, especialmente en la zona intermareal.
Picopando canela inverna en Guerrero Negro, considerado el humedal más importante de México para aves playeras. / Foto: Cortesía / Víctor Ayala
Sin embargo, el equilibrio es frágil. La presión urbana y turística se deja sentir cada vez más en estos espacios. El crecimiento de granjas acuícolas, la expansión de desarrollos inmobiliarios, el uso desregulado de playas para actividades recreativas, y la presencia de perros y gatos sin control, son algunas de las amenazas latentes.
“Hemos documentado casos donde los perros persiguen aves en descanso o incluso destruyen nidos. Aunque parezcan acciones menores, tienen un impacto directo en el éxito reproductivo y en el desgaste físico de las aves”, advirtió.
Las causas de este colapso son múltiples y están directamente vinculadas al modelo de vida humano: pérdida de hábitats naturales, contaminación por plásticos, uso extendido de pesticidas, colisiones con estructuras urbanas y la depredación por mascotas domésticas como los gatos.
Cada una de estas presiones afecta directamente a las aves migratorias que arriban a Baja California Sur, muchas de las cuales encuentran aquí los últimos refugios disponibles tras cruzar miles de kilómetros.
Ayala subraya que las aves migratorias no entienden de fronteras ni nacionalidades. “Por eso, conservar una sola región no basta. Requieren un corredor completo funcional, desde su punto de origen hasta su destino final. Es un esfuerzo que debe involucrar a gobiernos, comunidades y personas de a pie”.
En México, las políticas de protección se articulan principalmente a través de la NOM-059, la CITES y la Lista Roja, que establecen criterios para clasificar a las especies según su riesgo de desaparición.
Según el investigador, algunas de las especies migratorias más representativas que llegan al estado ya figuran en estas listas: el playero rojizo como especie en peligro de extinción, y el picopando canela y el playerito occidental como amenazadas.
Además, hay una tendencia general alarmante: se ha perdido más de un tercio de las poblaciones de aves en América del Norte en las últimas décadas. Aunque en algunos casos no se cuenten con cifras precisas, las gráficas apuntan hacia una disminución constante y preocupante.
Como cierre de la conversación, Ayala hizo una invitación abierta a la ciudadanía: involucrarse, aprender y proteger. “Aquí en La Paz hay una creciente curiosidad e interés por las aves. La observación se ha convertido en una herramienta muy poderosa de educación y conservación”.
“Que la gente se sienta orgullosa. Vivimos en un lugar clave para la biodiversidad y cada acción, por pequeña que parezca, puede hacer la diferencia”. “Las aves migratorias son mensajeras de un mundo conectado. Que sigan llegando a nuestras costas depende también de lo que hagamos hoy”, concluyó.