Entre feria y feria dan educación a hijos
Las comerciantes sacrifican la convivencia familiar para garantizar el derecho que sus hijos tienen ante la ley
Las comerciantes sacrifican la convivencia familiar para garantizar el derecho que sus hijos tienen ante la ley

Pablo Diestro
La Paz, Baja California Sur.- El colorido y la algarabía de las ferias y carnavales esconden una realidad poco visible para la sociedad: familias enteras deben separarse para que las mujeres comerciantes de feria recorren el país para darle una educación estable a sus hijos.
Esta es una de las realidades de las familias que viven del comercio itinerante en ferias y carnavales que no producen ingresos económicos estables, se destinan largas jornadas laborales y condiciones de vida que podrían poner en riesgo el desarrollo integral de los menores que las acompañan.
En su paso por Baja California Sur, y particularmente en el municipio de Los Cabos, decenas de comerciantes ambulantes enfrentan situaciones que contravienen la Ley General de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes.
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Entre el sustento diario y los derechos educativos
Patricia Sánchez, madre y comerciante ambulante, señaló que el obstáculo diariamente es el dilema de equilibrar su supervivencia económica con la educación de su hijo de 11 años.
“Trato de que no falte a la escuela. Si me voy los fines de semana, me voy el viernes tempranito y el domingo me regreso para que él no falte y no le perjudique. A veces pasa que si no trabajamos el día que inicia la feria, al día siguiente no comemos”.

Un día “bueno” de ventas puede representar 10,000 pesos de ingresos, aproximadamente; sin embargo, según Patricia, necesitan vender consistentemente 8,000 pesos diarios para cubrir gastos básicos como permisos, mercancía, transporte y manutención.
“A veces nosotros decimos: ‘La verdad, nomás trabajamos para el gobierno’, porque no nos dan tantas facilidades para pagar como antes, así como los altos costos de los permisos para poder trabajar por día de fiesta”.
Educación o supervivencia: una disyuntiva forzada
Por otro lado, Silvia Hernández, quien opera dos puestos de palomitas, señaló que cuando sus cuatro hijas eran pequeñas tuvo que tomar decisiones similares a las de Patricia.
“Cuando empezaron a entrar a la primaria, las fui a llevar a la casa de mi mamá para que estudiaran, pero cuando podía las traía conmigo. Se quedaban debajo de la mesa mientras trabajaba”.

De acuerdo con la Ley General de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes, en su Artículo 103 establece que los derechos alimentarios comprenden los gastos derivados de la educación.
“Es algo complicadillo porque hay que mandar a la casa y guardar para tener aquí, guardar para el viaje porque a veces el viaje es largo”, comenta Silvia, al afirmar que visita aproximadamente ocho ferias anuales en ciudades como Guadalajara, Culiacán y Zacatecas.
Trabajo infantil: entre la necesidad y la prohibición
La misma legislación prohíbe en su Artículo 47 el trabajo antes de los quince años, así como cualquier actividad que pueda perjudicar la salud o educación de adolescentes mayores de esa edad.
No obstante, la realidad económica de estas familias frecuentemente obliga la participación temprana de los hijos en el negocio, es por ello que Silvia comentó que su hija, que ahora tiene 17 años, “me está apoyando ahorita, pero también está estudiando”.
“Lo más difícil es cuidarlas todo el día y trabajar también todo el día. Me alternaba el papá de mis hijas; en ratitos estaban con él y en ratitos conmigo”.

Durante su etapa infantil, recordó que optó por inscribir a sus hijas en jardines de niños locales, pero al iniciar la primaria las envió a vivir con su madre para garantizarles su educación, sacrificando la unidad familiar.
Esta participación laboral itinerante implica que los comerciantes vivan y duerman en sus propios puestos.
“Acomodando así como uno puede, entre cajas y los artículos que tenemos para la venta, siempre con el cuidado de no romperlas ni pasar frío”, describe Patricia, mientras Silvia recuerda que “Aquí me aplicaba para acostarlas, pero siempre estaba con el pendiente que se perdieran o se las llevaran”.
Entre la crianza positiva y la supervivencia
El Artículo 116 de la ley mencionada promueve impulsar “acciones para fomentar la crianza positiva”, pero estas madres se enfrentan a condiciones que hacen extremadamente difícil cumplir con este ideal.
Patricia detalla que la inseguridad económica constante, la falta de servicios básicos y las largas jornadas laborales complican una crianza adecuada.
“Llegamos a un lugar que no tiene servicios, a veces no tienes ni agua ni luz”.
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El resultado de estos sacrificios se ve reflejado en el caso de Silvia, cuyas hijas, ya adultas, han podido formarse profesionalmente, aunque una de ellas optó por no seguir el camino del comercio ambulante.
“La mayor de mis hijas tiene 19 años, pero ella dice que no le gusta venir, de hecho no va a las ferias ni a actividades similares porque dice que no le gusta el ambiente”.
Las historias de Patricia y Silvia ilustran el ingenio y resiliencia de las familias comerciantes de ferias, quienes navegan entre los requisitos legales y sus realidades económicas.
Sus decisiones, aunque difíciles, prevén priorizar la educación como vía de desarrollo para sus hijos mientras mantienen viva una actividad económica que es una tradición y forma parte del paisaje cultural mexicano.