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Hubo un momento en que Netflix, HBO, Disney y demás plataformas, parecían la solución perfecta. Sin comerciales interminables, sin horarios fijos, sin paquetes obligatorios. Elegíamos qué ver y cuándo verlo. Hoy, esa promesa empieza a sentirse lejana. En redes sociales se repite una queja constante, la subida de precios, la fragmentación de contenidos y la colocación de anuncios en servicios que nacieron precisamente para evitarlos.
La paradoja es curiosa. El streaming no ha perdido terreno, de hecho, consumimos video desde múltiples fuentes, pero la experiencia se volvió compleja. La saturación de plataformas y el incremento en tarifas han provocado que muchos usuarios cancelen suscripciones porque mantener varias ya resulta costoso o confuso.
En México, la forma de consumo es diversa. La televisión abierta todavía concentra la mayor parte del tiempo de visualización, seguida por el streaming, lo que evidencia que el ecosistema audiovisual no ha sustituido a lo anterior, sino que convive con él.
A esto se suma un cambio silencioso en los modelos de negocio. Muchas plataformas han adoptado esquemas con publicidad, lo que se conoce como AVOD o FAST, que en términos simples significa ofrecer contenido gratuito o más barato a cambio de comerciales. El problema es que el consumidor percibe una contradicción, los planes suben de precio y, al mismo tiempo, el nivel más accesible incluye anuncios, diluyendo el valor que distinguía a estos servicios en sus inicios.
El usuario también enfrenta la fragmentación del catálogo. Aquel contenido que antes estaba incluido ahora exige pagar un canal adicional o rentar por separado. La experiencia se acerca peligrosamente a la lógica de la televisión de paga que prometían reemplazar.
Las empresas argumentan razones comprensibles, producir contenido original cuesta más, competir por licencias es cada vez más caro y la inflación redefine estructuras financieras. Sin embargo, la racionalidad económica no necesariamente coincide con la percepción del usuario, lo que explica por qué comienzan a aparecer acciones colectivas de consumidores. En Estados Unidos ya se registraron quejas contra Amazon Prime Video por la inserción de publicidad y el cobro adicional para retirarla, y es probable que estos escenarios se vuelvan más frecuentes.
Tal vez el punto no sea si el streaming está encareciéndose, eso parece evidente, sino en qué tipo de relación estamos aceptando como usuarios. ¿Estamos frente a la evolución natural de un mercado o ante una regresión hacia el modelo que prometía reemplazar? Entre suscripciones acumuladas, anuncios reinsertados y catálogos que cambian sin aviso, la experiencia comienza a parecerse demasiado a aquello que buscábamos dejar atrás. Y la pregunta queda abierta, cuando el acceso al entretenimiento se fragmenta, se encarece y se llena de condiciones, ¿seguimos eligiendo consumir o simplemente nos estamos adaptando a no tener alternativa?