Contraluz: Genio y figura
Manolo Martínez, el torero de época y pasiones que llenó la segunda mitad del siglo pasado
Carlos Jiménez E
Como cualquier hijo de vecino el hombre entró al vestíbulo del hotel Mirabel llevando en la diestra una maleta; dos jóvenes le seguían a algunos pasos dialogando entre sí.
Cuando le reconocimos, desde una mesa del restaurante, nos levantamos a saludarlo:
-Matador, qué gusto verlo, que hace por aquí.
“Ya no soy matador, dijo, ahora ando apoyando a unos muchachos que son novilleros y que tienen muchas cualidades; estoy seguro de que si se cuidan van a ser grandes toreros”.
No había insolencia en su trato, más bien un dejo de timidez que lo hacía parco.
El hombre era Manolo Martínez, el torero de época y pasiones que llenó la segunda mitad del siglo pasado; y los jóvenes que lo acompañaban tengo entendido que eran el español José Tomás y el mexicano Fernando Ochoa.
A 23 años de su deceso en un Hospital de La Jolla –agosto de 1996- recordé esa, la última vez que lo vi, y la serena urbanidad con que se despidió y se enfiló al mostrador de recepción.
Cuando aquella entrevista, corto de palabra, Manolo Martínez se había convertido en el mandón de la fiesta brava en México. Y el grito de batalla de sus seguidores “¡Manolo, Manolo y ya!” campeaba en todas las plazas del país.
Solitario, encumbrado, no todo ciertamente fueron tardes de luces; hubo muchas de sombras que daban hilo a sus muchos detractores, pero bastaba poco para que callaran y dieran paso a la euforia de las legiones que le seguían en todas las plazas.
Con 16 cornadas entonces, una de ellas la de “Borrachón” de San Mateo en donde los médicos de la Plaza México se preguntaron si no estaban operando a un cadáver, se había vuelto más serio y cuidadoso.
“Admiro a todas las figuras del toreo, como Garza, Manolete. Fueron honrados, torearon como sentían el toreo. Eso es el chiste…”






























