El Adefesio verde
El Adefesio verde
Alma Gómez / Colaboradora Diario de Querétaro
Aquella casa tenía una forma extravagante. Le llamaban adefesio verde por las enormes lonas de ese color que cubrían dos de los tres pisos de la construcción.
Y vaya que ese apodo le hacía justicia, la casona era horrible. En la planta baja sólo quedaban vestigios de la estructura original, antiguos muros de adobe con una puerta de metal medio caída y oxidada.
En el segundo piso comenzaban las malformaciones, ya no eran muros de adobe sino de ladrillos, que a su vez estaban cubiertos por una lona plastiquienta y encima de esta, una malla metálica.
El tercer piso tenía la misma pinta. Muros forrados con ese plástico horrible, y más extraño aún, sin ventanas.
La casa era tan alta que resaltaba en todas las fotografías panorámicas de la ciudad. De hecho, tenía la misma altura que el campanario del Templo de San José, ubicado a sólo unos metros de distancia.
Pero la razón principal para subir todos los días a la azotea no era presenciar el atardecer, ni la compañía del Negro, ni la delicia de fumar después de comer; la razón era la casa. Siempre la casa.
En su azotea, se sentaba justo frente al adefesio que quedaba a unos 30 metros de su casa, y lo veía de abajo a arriba; empezaba con los primeros escombros colocados hace varias décadas, y subía lentamente la vista.
A Eve la carcomía la curiosidad, “¿Por qué putas sigue esta casa aquí?”, pensaba en voz alta mientras se acomodaba los lentes de fondo de botella que usaba todo el tiempo debido a su avanzada miopía.
Una de esas noches ya no pudo más. Como sonámbula, en medio de la madrugada, salió de su casa aún con la pijama puesta y caminó descalza hasta pararse frente a la misteriosa casa a la que había observado meticulosamente desde hace varios meses.
Una vez ahí, abrió los ojos como una loca, y es que, para su sorpresa, la puerta que siempre estaba cerrada con candados viejos y oxidados, ahora estaba abierta de par en par, aunque sin mostrar nada en su interior, más que una espesa y profunda garganta negra.
Esa inesperada oportunidad de entrar le provocó escalofríos. Dudó un momento, pero apretó los puños, tragó saliva y se encaminó hacia el interior lúgubre y desconocido.
A la mañana siguiente, los vecinos notaron que el departamento de Evelia estaba desordenado y con la puerta entreabierta, el perro chillaba desde el patio trasero, donde alguien - ¿quizá ella misma? - lo había dejado amarrado.
Por la confusa situación Evelia fue reportada como desaparecida, amigos y familiares iniciaron jornadas exhaustivas de búsqueda, aunque sin muchos resultados.
Sobre la autora
Alma Gómez (Jalisco, 1990) estudió periodismo y escribe desde hace más de una década. Ha trabajado en El Occidental, La Jornada Jalisco, El Universal Querétaro y Diario de Querétaro
Esta es su primera colaboración literaria de una serie de cuentos de terror sobre casas y edificios enigmáticos, que saldrán el último fin de semana de cada mes en este periódico.






























