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Culturamiércoles, 26 de junio de 2019

Emboletados II

Vitral

Alfonso Franco

Bueno, quizá la estaba idealizando. Es que junto al monstruo con el que vivía en casa, Atenea era suprema, pero a lo mejor no era para tanto, algún defecto debía de tener, algo secreto, inconfesable, algún trauma, pecadillo.

-Hola, buenos días. Mi tarjeta, por favor.

-Qué número

- La 68

Suena el checador. Claudio entrega su tarjeta y pasa luego por las puertas de seguridad, los detectores de metales, la cacheadita de parte de los polis. Después de tanta inspección, por fin llega a su escritorio. De sorpresa, por detrás, alguien le tapa los ojos.

-A ver, quién es…

-No sé.

-Adivina, adivina.

-¿Eres tú, Jorge?

-¿Que no escuchas las voz de una mujer? ¿Que no sientes las manos?

-Ah, sí, ¿eres la del checador?

-No, tonto, soy yo, Atenea.

-Jajaja, claro que sé quien eres- , dijo Claudio, -sólo quería hacerme el interesante.

- Pues no lo lograste, jajaja-, dijo ella. -Bueno, me voy rápido porque me está esperando el jefe. Vine a darte un saludo mañanero y una sorpresita, pero ya me voy o me van a regañar.

-Sí, sí, vete, al rato nos vemos para tomar un café.

Para taparle los ojos a Claudio, Atenea dejó su celular en la orilla del escritorio. Con las risas y la prisa lo olvidó, y salió apresurada.

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