Emboletados II
Vitral
Alfonso Franco
Bueno, quizá la estaba idealizando. Es que junto al monstruo con el que vivía en casa, Atenea era suprema, pero a lo mejor no era para tanto, algún defecto debía de tener, algo secreto, inconfesable, algún trauma, pecadillo.
-Hola, buenos días. Mi tarjeta, por favor.
-Qué número
- La 68
Suena el checador. Claudio entrega su tarjeta y pasa luego por las puertas de seguridad, los detectores de metales, la cacheadita de parte de los polis. Después de tanta inspección, por fin llega a su escritorio. De sorpresa, por detrás, alguien le tapa los ojos.
-A ver, quién es…
-No sé.
-Adivina, adivina.
-¿Eres tú, Jorge?
-¿Que no escuchas las voz de una mujer? ¿Que no sientes las manos?
-Ah, sí, ¿eres la del checador?
-No, tonto, soy yo, Atenea.
-Jajaja, claro que sé quien eres- , dijo Claudio, -sólo quería hacerme el interesante.
- Pues no lo lograste, jajaja-, dijo ella. -Bueno, me voy rápido porque me está esperando el jefe. Vine a darte un saludo mañanero y una sorpresita, pero ya me voy o me van a regañar.
-Sí, sí, vete, al rato nos vemos para tomar un café.
Para taparle los ojos a Claudio, Atenea dejó su celular en la orilla del escritorio. Con las risas y la prisa lo olvidó, y salió apresurada.
























