Meter el dedo en el texto: imaginación de aye aye
Literatura y filosofía
José Martín Hurtado Galves
El texto nos alimenta hasta saciarnos; sin embargo, el hambre de los lectores es distinta. Cada quien tiene un estómago lingüístico diferente. El mío —por ejemplo— no es fácil de llenar. Además le gusta indagar muchas veces en las minucias | migajas | del texto.
Sigo leyendo, a pesar de la oscuridad. El texto se ha inscrito en mi memoria. Sólo es cuestión de repasarlo para descubrirlo. Mi oscuridad me permite intuir realidades ajenas a la luz.
Andar pues por el texto, trepar por él, subir hasta sus ramas más altas implica descubrir sus caminos y los nuestros, laberinto de vericuetos que se bifurcan constantemente. Encuentro que anima al «ser» para seguir siendo-lector del texto y del mismo «ser».
De vuelta al ser y al leer; al leer como ser. A la posibilidad infinita de que en el texto no haya infinitos (sin fin) sino eternidad (sin tiempo). Espacio vital de lectura y ser continuos.
Al leer, la posibilidad se abre. La rama crece. El dedo puede viajar más lejos. La mirada hace quiebre en la seguridad que obstruye el movimiento. En ese sentido la realidad del texto se hace realidad en los ojos del lector que sabe ser lector para ese texto.
La oscuridad está pronto a desaparecer. Un nuevo día amenaza con borrar las sombras de la noche. El texto empieza a replegar sus alas. Las páginas regresan a la primera imagen. Voz prístina que no logra des-cubrir la apariencia del texto.























