Una mujer de bandera
El libro de cabecera
Carlos Campos / Colaborador Diario de Querétaro
La tarea de las bandereras comienza todos los días desde las 07:00 horas. Su función es relativamente sencilla: apoyar en la orientación vial de los vehículos mientras duran las obras.
—Ora sí no me traje nada de desayunar, hija— se queja Rosy sobándose su abultado abdomen.
—Ahorita le decimos al güey de la moto que nos fíe algo, hija, que no sea ojete— responde convencida Lucy mientras sigue bandereando la fila de vehículos que poco a poco comienza a tornarse más densa. Son las 07:12 horas.
Tere y Lupe, dos de las bandereras más jóvenes, les toca cerrar el paso peatonal que cruza paseo Constituyentes, a un costado del paso subterráneo en construcción.
—Mira, Lupe, ahí viene la camioneta del pinche loco que la otra vez casi atropella a la muchacha.
—¿A la del CBtis?
—Sí, la que pasa diario en su bici. Le valió madres que le marcara el alto para que pasara la muchacha.
La camioneta es una Hilux doble cabina color blanco, con los rotulados característicos de vehículo utilitario.
—¿Y dónde están los policías?
—¡Ay, Lupe! Esos güeyes nomás están aquí cuando viene el presidente municipal.
—Pero la otra vez estuvo uno aquí con nosotras.
—Sólo los primeros días de la obra. Después ya les valió madres— repone Tere. No obstante, al igual que las bandereras, los policías también lidian con la torpeza o la furia de las automovilistas.
Para las 07:25 horas, la fila de vehículos ya alcanza una longitud de casi un kilómetro sobre la lateral de Paseo Constituyentes. Sobre Hércules, vía alterna, ya se ha formado un cuello de botella en su intersección al Boulevard Metropolitano Corregidora-Huimilpan.
—¿Cómo llego a plaza Citadina?— pregunta angustiado un hombre con lentes, corbata y recién rasurado.
—Date vuelta en “u” por aquí, más adelante hay un camino de terracería, llegas al callejón de La Saca, por ahí te metes y…
—¡Pero es que tengo prisa! Voy a una entrevista de trabajo.
—Por ahí sales pegadito a Citadina— le responde Mary con frágil paciencia. Los autos detrás del postulante suenan con violencia sus cláxones.
—¡Pero el Google Maps me manda por aquí!— replica el hombre, escrutando impotente la pantalla de su celular. Los cláxones ahora entonan al unísono mentadas de madre.
—¡Pues sí, mijo, pero…!
El auto da un arrancón y desaparece con rumbo al Libramiento Sur-Poniente. Aquel hombre jamás llegará a su entrevista de trabajo.
Son las 14:00 y el tráfico se intensifica. En las primeras semanas de septiembre, las lluvias interrumpieron el avance de las obras, sobre todo en el paso subterráneo, el cual presentó desprendimientos de tierra y filtraciones de agua.
—¿Ya para cuándo cree que abran este tramo?— le pregunto a Mary, señalando el paso superior que va de Paseo Constituyentes al Boulevard Metropolitano Corregidora-Huimilpan.
—¡Ay, mijo! Ojalá que se caiga la trabe, como la que se les cayó en Bernardo Quintana.
—¡Cómo dice eso!
—Si acaban el puente se nos acaba el trabajo. Y yo no quiero dejar de trabajar. No sé qué voy a hacer después de esto.
Mientras Mary da indicaciones a un automovilista que necesita ir al Home Depot, Rosy regresa a su puesto con cara de hambre. No pasó el güey de la moto.
—No te me vayas a desmayar, mija— la exhorta Mary.
—Ya le dije al de las Filos que me fíe una de milanesa, que mañana le pago.
—Uy, no creo que te fie nada ese güey— porfía Mary desviando a la ruta 69.
—Ya me la dio, mira— dice Rosy presumiendo una bolsa de plástico con una torta inmensa dentro.






























