La naturaleza de esta propuesta ha permitido que varios teóricos, investigadores y creadores escénicos partan de ella para sus análisis y sus creaciones. Quizá muchos de manera muy consciente y otros de una forma más intuitiva o implícita.
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Ignacio Escárcega (2013), en su libro El cuerpo del personaje, en el cuerpo del relato teatral, realiza un análisis sobre el vínculo entre la realidad y la ficción, poniendo al cuerpo como ese espacio liminal que nos adentra en un mundo umbral que proyecta nuestras realidades a través de narraciones ficcionales.
Esta liminalidad me parece importante en los procesos creativos, sobre todo aquellos que tienen un sentido social y político en su estética y en su discurso. Esta noción de relación umbral entre la realidad y la ficción nos permite dialogar con el público de manera simbólica a través de los personajes, sus cuerpos, sus relatos, la trama, el conflicto y todos los elementos estéticos creados con la intención de potenciar el discurso.
La obra El viaje de los cantores del dramaturgo mexicano Hugo Salcedo, publicada en 1990, está inspirada en el fenómeno social de la migración de los mexicanos hacia Estados Unidos pero además, de manera menos global, narra la historia de unos migrantes que fueron abandonados en un vagón de tren por las personas que les habían cobrado para cruzar la frontera. Esta historia en particular fue reconstruida por el dramaturgo a partir de una noticia que leyó de un periódico, es decir, que la trama y su conflicto pertenecieron al mundo de lo real.
La construcción de esta historia real a través del teatro cuenta con diversos elementos que visibilizan esta liminalidad. Uno de ellos, y quizá el más obvio, es la presencia de la música y las canciones que los migrantes van entonando dentro del vagón como una manera de distracción. En la nota periodística, que fue publicada en 1987 en los periódicos La Jornada y El País, no se menciona nada sobre el cantar de los migrantes, eso supone un imaginario del escritor, un elemento estético para provocar sensaciones en el espectador. Lo que sí sucede, tanto en la realidad como en la ficción, es la presencia de un personaje, El Miqui, único sobreviviente de los 18 migrantes que iban en ese vagón abandonado y que murieron asfixiados por el encierro y el calor. Además del Miqui, se hace mención de otros migrantes que en la vida real iban en ese viaje.
Desde la dramaturgia, el autor teje de manera híbrida la historia que nos lleva de la ficción a la realidad y viceversa, creando ese espacio umbral en el teatro. Escárcega pone al cuerpo como el elemento primordial donde sucede la liminalidad, pero Salcedo hace uso de otros recursos como la música, los diálogos y los personajes mismos.
Lo anterior me parece un ejemplo que visibiliza la existencia y la importancia de la liminalidad en el teatro. Este concepto de origen antropológico, heredado por las propuestas teóricas del etnógrafo francés Van Gennep (1908) y del antropólogo escocés Víctor Turner (1980) sobre los ritos de paso, lo representan como un espacio de transición que permite una transformación a través de elementos simbólicos.
Lágrimas de agua dulce, es una obra de teatro escrita en 2007 por el dramaturgo mexicano Jaime Chabaud, dirigida a las infancias y a las jóvenes audiencias. Narra la historia de Sofía, una niña que llora lágrimas con un sabor dulce que quita la sed. Su pueblo se ha quedado sin agua por el saqueo de grupos de poder que se la han llevado para venderla y al ver que no hay más líquido con el cual generar ganancias descubren que las lágrimas de Sofía son la solución; la explotan para generar tristeza y lágrimas en ella y beneficios a las personas que representan al Estado. Si esto no es suficiente para conectar la ficción con la realidad, hay otro elemento en la trama que nos lleva a reflexionar sobre el mecanismo perverso y peligroso del capitalismo a través de los falsos argumentos del progreso: dos de los personajes villanos de la obra inventan una máquina para extraer de la niña grandes cantidades de lágrimas en el menor tiempo posible, optimizando los recursos y las ganancias.
Esta obra sin duda me recuerda al cortometraje animado Abuela grillo (2009) cuyos creadores, de origen boliviano y danés, visibilizan la sobre explotación de los recursos naturales, el despojo de la tierra a poblaciones indígenas y la privatización del agua como uno de los principales motores de control y poder del capitalismo y del neoliberalismo.
La conexión de tema entre Lágrimas de agua y Abuela grillo tiene a su vez una conexión social y política con la realidad. El agua sin duda se ha convertido en una de las mayores preocupaciones para los ecologistas e investigadores de las ciencias sociales quienes denuncian la grave escasez provocada por las grandes industrias, avalada por los diversos gobiernos que buscan privatizar y sostenida por el consumismo irresponsable o inconsciente. La liminalidad se encuentra en la visibilización del fenómeno, en la denuncia social y por lo tanto en el discurso construido por una estética particular. No es coincidencia que, en ambas ficciones, el conflicto se desarrolle en espacios latinoamericanos (mexicano y boliviano) y que además ponga como protagonismo geográfico al campo.
Pero no hay que confundirnos, el problema no viene de estos espacios mismos, por ser países subdesarrollados (esta noción del primer y tercer mundo también resulta muy cuestionable). El problema se deriva de los grupos de poder (Estados Unidos, Inglaterra) de países que han sostenido su economía a través de la explotación, la ilegalidad, la privatización y el abuso de sus posibilidades políticas. La liminalidad, el espacio umbral de estas dos propuestas se encuentra en el discurso y en la estética que lo construye escénicamente.
Tuve la oportunidad de ver esta maravillosa obra de Chabaud montada por la compañía de teatro La Gaviota, de quienes admiro su compromiso con las infancias y las jóvenes audiencias. Dirigida por Mauricio Pimentel, es una puesta en escena con una maravillosa escenografía y vestuario, actuaciones pulcras y una musicalización que nos estimulan los sentidos conectado con el conflicto de la trama, es decir con el conflicto que tristemente vivimos en la realidad.
La presencia de la liminalidad en los procesos creativos, nos permite potenciar el sentido social y político de nuestras creaciones, pues a través de este elemento podremos construir una estética que le recuerde al público que aquello que ve es aquello que nos rodea y nos construye cultural y socialmente.