Cientos se animan a patinar el último día
Termina con éxito la temporada en la Alameda Hidalgo
Eduardo Hernández
Un niño de cinco años espera en la fila con nerviosismo, los últimos treinta minutos la cara del pequeño expresó una mezcla de temor e incredulidad, al parecer no le entusiasma mucho la idea de patinar sobre hielo pero los ánimos de su hermano mayor fueron suficientes para que su mamá los trajera hasta aquí.
Quejidos y temores en los que se incluyó la posibilidad de morir al caer casi convencen a la mamá de que esperen a su hijo mayor sentados, pero a la mujer se le ocurre ahuyentar el miedo del pequeño al buscar a alguien sobre el hielo que le inspire valor al temeroso hijo.
Una niña que usa sweater morado y se mueve con gracia en la pista llama la atención de la mamá, los movimientos dan la impresión de que la pequeña creció con un par de patines en los pies, esquivando temores y alcanzando carcajadas.
“Vamos a patinar, ya después vas a poder andar como esa niña, ¿si ves?”, dice la mamá, mientras señala con una uña postiza al bultito morado que se desdibuja entre la gente.
Un movimiento desafortunado y la inercia de la rapidez hacen que la niña no sólo azote en la helada superficie, el cuerpecito se desliza un par de metros sobre el hielo desprendido y la cara de terror se dibuja en la cara de la desventurada y su observador.
La mujer sonríe incómoda al ver que la caída de la niña acentuó el temor de su hijo y por un momento parece pensar que después de todo no es tan buena idea que el pequeño entre a la pista, pero hasta sus oídos llegan las carcajadas de la niña relámpago que acaba de pulir la pista y no pueden evitar hacerle segunda.
El niño disfrutó con la caída ajena y de hecho parece pensar que estaría mucho más cómodo sentado en la orilla de la pista viendo cómo sufren otros en el hielo, preferible antes que caerse para que alguien más se ría de él.
El nerviosismo crece, su hermano se aleja y su mamá no lo toma de la mano, los pies se empiezan a deslizar involuntariamente, las manos del infante se aferran a la barra lateral, las personas que vienen detrás de él lo obligan a moverse y cuando se da cuenta, ya no parece tan terrible la idea de morir en el hielo.
Después de unos minutos de dar vueltas a la pista por fin el niño toma el valor de despegar las manos de la barra y seguir el ejemplo de su hermano mayor, a quien no parece irle tan mal; la repentina adecuación y el exceso de confianza lo hicieron olvidarse de las precauciones, el forzoso azote gélido sorprende a la mamá.
La mujer pone cara de pesar por el trabajo que le costará ayudar a su hijo, con torpes y lentos movimientos se ve en la necesidad de alejarse también de la barra, tanteando su suerte durante unos siete metros para alcanzar a su hijo y cuando por fin están juntos de nuevo, ambos se deshacen de alivio y júbilo.
La pista de hielo está repleta de personas, los movimientos rápidos apenas son posibles, aun así los más ágiles se las arreglan para dejar en ridículo a los principiantes y con la boca abierta a los observadores, pero hasta el más habilidoso es víctima de las caídas, el precio que todos están dispuestos a pagar por un rato de diversión.
La risa y los logros son compartidos, el temor es pasajero, la valentía de los pequeños refuerza los intentos de los mayores; padres, hijos y hasta abuelitos disfrutan del último día de esta fría experiencia, están seguros de que quieren regresar a la Alameda Hidalgo la próxima vez que instalen aquí una pista de hielo.























