El arte de los exhumadores
La cercanía de la muerte los ha habituado al dolor
Eduardo Hernández
“Arránquense con otra”, exige un grupo de hombres con voz dolida y una botella de tequila, los músicos responden con “Cruz de olvido” y los deudos improvisan un grito de mariachi, “Ésta va por ti, nunca te voy a olvidar”, las palabras escapan con trabajo del nudo en la garganta y enseguida viene un trago de tequila para disolver las penas.
Pero las promesas que hoy se hagan al pie de esta tumba, los brindis por una larga vida y los juramentos en el momento de la muerte, también tienen fecha de caducidad, el olvido llega en seis años y éste no será más que un cúmulo de tierra más.
En el panteón de Santa Rosa Jáuregui se han enterrado 17 difuntos en octubre, 20 en septiembre y 12 en agosto, lo que también significa que en los últimos tres meses se han efectuado 49 exhumaciones, 49 difuntos que recibieron su pequeña porción de la “perpetuidad”.
EL FIN DE LA PERPETUIDAD
Ricardo Acosta, José, Fede y “El pinto” son un grupo de amigos que trabajan en el panteón de Santa Rosa Jáuregui, se encargan de la administración, del mantenimiento, el auxilio en las inhumaciones, y aunque sea poco grato para ellos, también de las exhumaciones.
A la hora del almuerzo, sentados en la oficinita del panteón, comparten los alimentos y cuentan su experiencia que en el caso del más antiguo alcanza los 28 años, “La exhumación nos lleva una hora y media para sacar los restos, limpiarlos, en su caso descarnarlos y ponerlos en una caja para que los lleven al crematorio”.
Este panteón está saturado y es difícil encontrar nuevos espacios, comparten, por lo que los difuntos deben estar enterrados solamente por seis años, “Ya no se maneja la perpetuidad porque no hay espacio, los que no tienen un familiar con más de seis años los mandan a otro panteón”.
“EL ÚLTIMO TRAGO”
Es común que los deudos se despidan en el panteón de sus seres queridos con unos tragos de tequila, cerveza y canciones como “El último trago”, “Amor eterno”, “Cruz de olvido”, “Mi funeral”, entre otras, como si celebraran una fiesta para honrar la memoria del fallecido.
Para Ricardo y sus amigos esas situaciones son comprensibles, pero piensan que los obsequios y el cariño deben darse en vida “Traen música, cerveza y botellas de licor, se ponen a disfrutar los que están escuchando porque el muerto ya no puede. Las flores y la fiesta son en vida, muerto ya para qué”.
También hay personas a las que les es difícil olvidar, gente que acude diario al panteón, refiere Ricardo, hay una difunta que tiene tres años en el camposanto y su hijo va diario a limpiar la tumba y a cambia las flores cada ocho días.
La cercanía de la muerte los ha habituado al dolor, no se consideran insensibles, pero saben que la muerte es parte de un ciclo, “Al principio teníamos que llorar con ellos, sentíamos su dolor, pero se va acostumbrando uno y ves que llegan hasta tres en un día”.
Para ellos la muerte es algo natural que llega tarde o temprano, aseguran que no le tienen miedo porque nadie está exento, “hoy estamos aquí y a lo mejor mañana ya no”.
El panteón de Santa Rosa Jáuregui está abierto de siete de la mañana a siete de la noche, pero no cuentan con alguien que haga las guardias durante la madrugada; Ricardo y sus amigos no creen en fantasmas ni historias de terror, pero saben que hay quienes intentan tomar algo del camposanto con extrañas intenciones, por lo que vendría bien un velador.
Los difuntos seguirán yendo y viniendo, y mientras este grupo de amigos pueda, continuará con el desmalezado del panteón, darán la bienvenida y la despedida a decenas de queretanos.























