Análisisviernes, 17 de abril de 2026
Expediente Q / Estacionamientos
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El sistema de estacionamientos en Querétaro refleja una regulación incompleta desde hace años que se implementó y se presumió la medida; el municipio tiene registrados 131 espacios públicos, pero no todos operan bajo las mismas condiciones. La existencia de al menos 14 estacionamientos con amparos evidencia que la autoridad no tiene control total sobre el modelo. En su momento la medida buscó garantizar gratuidad parcial y en términos prácticos, hay reglas, pero no son obligatorias para todos.
En el caso de los estacionamientos de plazas comerciales, el cobro ya no es un servicio complementario, sino parte del negocio. Las plazas argumentan que es necesario para evitar la saturación por usuarios que no consumen, y ese argumento es válido desde la operación. El problema es que el usuario que sí consume termina pagando por dos vías: compra dentro del establecimiento y además cubre el costo del estacionamiento.
El ajuste reciente de un peso en la tarifa confirma que cualquier incremento, por mínimo que sea, se traslada directamente al usuario. Para quien utiliza estos espacios de forma ocasional puede ser irrelevante, pero para quienes lo hacen todos los días se convierte en un gasto constante. La autoridad habla de una clasificación por tipo de estacionamiento, pero en la práctica no hay diferencias claras para el usuario. Hay espacios con tarifas similares o más altas que no garantizan mejores condiciones de seguridad, mantenimiento o responsabilidad ante daños.
Hoy, en Querétaro, el precio del estacionamiento depende más del operador que de una regla uniforme; el resultado es claro: el ciudadano paga por un servicio sin certeza sobre lo que recibe. No hay claridad en las condiciones, no hay uniformidad en las tarifas y no hay una supervisión que garantice calidad, ya que hasta en tema de los baños es ambiguo porque solamente el conductor del vehículo tiene derecho gratis a utilizar el sanitario pero los ocupantes del auto pagan y los ciudadanos comunes también. Todo es dinero y en ese caso todo debería de ser de calidad.
En Querétaro hay una constante incómoda: después de cada hecho violento, brota una legión de “enterados” que juran que todos sabían, que era un secreto a voces, que ahí operaba algo. Pero esa supuesta información nunca se traduce en denuncia, ni en acción. La balacera en Valle Dorado vuelve a exhibir a los “enterados” la pregunta no es quién sabía, sino por qué nadie habló cuando importaba. Porque si todos saben y nadie dice, lo que hay es complicidad no tolerancia.