Locallunes, 16 de octubre de 2017
Escribir como sindéresis filosófica
Literatura y filosofia
Redacción

El pensamiento es sinuoso y, en ese sentido, nos podemos perder en él (o desde él). No hay una única forma univocista de entender o transitar por esa línea difusa que llamamos lenguaje y que nos des-cubre como criaturas con ansias de ser deux ex machina. Se «es» en la afirmación y en la negación; en la presencia y en la ausencia; en el ser y en el no-ser (al final de cuentas, éste —el no-ser— es una forma sui generis de ser, al menos desde la enunciación que le da sentido como hybris en una discusión ontológica). Se «es» pues quien se dice ser y quien se imagina que se «es» a través de palabras ilocutivas. Ir-y-venir-de-voz-sensible, como acto irrestricto de cualquier circunstancia que intente embotar cualquier racionalidad fallida. Somos pues el lenguaje que nos des-cubre y el que los demás reconocen como suyo. Hablamos, en ese sentido, desde una aceptación social a priori a la vez que a posteriori.
Pero el pensamiento es inacabado. No terminamos de pensar algo cuando a la vuelta de la esquina encontramos una arista gramatical que modifica (o puede modificar) la presencia y la persistencia de la memoria. Dalí plasmó esta idea en forma de relojes que se desvanecen, y Chirico lo expresó a través de “El enigma de la hora”. ¿Qué más se puede decir del tiempo que vemos en un cuadro que se vuelve fuga? ¡Ay!, el lenguaje se subsume en su propia enunciación etérea; sin embargo, hacemos aprehensión de él y de nosotros desde la metáfora de la representación pictórica y escrituraria. Somos palabras infinitas que mutan en seres de carne y hueso mortales.
Partiendo de lo anterior se comprende que el tiempo nos sea una forma de pensar en sí y para sí: como espectadores de diversas realidades que no siempre son nuestras. No terminamos de ser sujetos de nuestra propia voz; sin embargo, afirmamos a rajatabla, a pie juntillas, desde imperativos categóricos que ni el mismo Kant se hubiera imaginado. Ese es nuestro derrotero bufo: creernos dioses de nuestras palabras. Como si ellas y nosotros mantuviéramos una consistencia esencial marmórea: inasequible, inamovible y atemporal.
Por ello, desde la inquietud que desenmaraña cualquier acontecer ocioso para dejar de hacerlo (escribir); como si la vida estuviera exenta de escritura, como si el ser humano fuera una diáspora constante hacia el pasado (implosión ontológica filogenética), comprendo que la palabra es imaginación perlocutiva desde sus orígenes: pintar ciervos y bisontes, por ejemplo, en las cuevas de Lascaux y Altamira.
En fin, escribir es transitar por veredas inconclusas de un pensamiento no siempre preciso. Y a todo esto, ¿por qué escribir como sindéresis filosófica? Porque el razonamiento y el buen juicio vienen de la cotidianidad que nos des-cubre como asistentes de nosotros mismos. Tabla que lejos de ser rasa, muestra no sólo las aristas y embates del tiempo, sino también —y no en menor sentido— las manchas sonoras que dejamos al vivir como reacción a estímulos endebles.
Por eso la sindéresis, porque la distinción entre lo bueno y lo malo al hablar tendría que venir de la capacidad de juzgar no sólo con el martillo del nihilismo, sino también con la red del pescador. En el primer caso, cuántas cosas se destruyen y pierden (la mezquindad en algunas personas les impide observar su propia voz-de-martillo); en el segundo caso, cuántas se pueden salvar de la vorágine que significa la masificación ontológica. Sin embargo, en ambos casos, la sindéresis es una forma de reorientar el pensamiento a partir de una distinción que produce el razonamiento como sentido común.
Y es este sentido común el que abre la posibilidad de reconocer los yerros del pensamiento y, en consecuencia, los de la cotidianidad del discurso fatuo y pedante. ¿Qué hacer al respecto? Propongo: ser al decir, ser desde la lógica de la revisión de lo que somos al hablar. No caer en el discurso fático que subyuga a la razón por costumbre. Ser ontos para ser logos, y viceversa. Entender que la posibilidad de existir implica e imbrica una forma necesaria de ser-discurso-y-decurso cotidiano.
A partir de lo anterior se colige la posibilidad de que la filosofía no sea solamente una forma de afirmación o negación absoluta, sino también la posibilidad de un requiebro cognitivo, de un retroceso que revise lo que se dijo, de una reconsideración ontológica del discurso, para valorar —en suma— lo que se ha dicho de manera directa e indirecta, para ser desde una impronta ontológica revisitada.
Cualquier acción, en este sentido, podría valorarse como un logos in situ; es decir, como una sindéresis filosófica que descubre y reorienta el trasfondo de la materia-de-voz que somos. Así una coma podría terminar siendo un punto y coma, o inclusive un punto final que no es otra cosa que nuestra muerte. Esta metamorfosis podría suceder también en el caso de los sustantivos, los verbos y los adjetivos. ¿Hasta dónde se podría llegar con esta idea escrituraria-ontológica? ¿Qué podríamos ser si revisáramos la línea por donde hemos transitado en forma de discurso? ¿Qué tanto se modificaría nuestra realidad interna? ¿Y los recuerdos, seguirían siendo los mismos? Tómese en consideración que lo que recordamos son palabras que vienen a reafirmar el imaginario que creemos ser.