Una mezcla de colores, olores y sonidos golpean los sentidos de los visitantes que arriban al Querétaro Centro de Congresos en una ocasión especial que congrega a 111 pueblos mágicos de la República.
Diputados morenistas presentaron una iniciativa para que la FIGQ sea una fuente de apoyo para programas sociales y con tarifas de acceso acorde a la economía popular, entre otros puntos
Exposición de Pueblos Mágicos en la fachada de Santa Rosa de Viterbo. (Foto: Martín Venegas).
Atravesando los stands, el sonido de una caracola hace vibrar los tímpanos de los visitantes, traduciendo en sonsonetes las tradiciones de Guerrero, municipio de Coahuila que hace un año recibió el nombramiento de Pueblo Mágico; el hombre que sopla la concha, ataviado con una indumentaria que recuerda las de los piratas retratados en la literatura y con la cara llena de puntos rojos y líneas negras, sólo es un elemento más del tesoro invaluable que conforman estos pueblos mágicos.
La mañana empezó tranquila, los más avispados programaron el despertador para disfrutar temprano de la obligada experiencia, los segundos que conforman un minuto se ven rebasados por el número de gente que atraviesa las puertas del lugar en este mismo tiempo; al paso de las horas, la tranquilidad se ve suplida por un torbellino de gente animada por la ilusión de llevarse un poco de la magia en sus bolsillos.
Los pasillos se han vuelto intransitables, pero todos abren paso a los integrantes de las culturas cuando uno de los rituales o danzas emblemáticas de cada pueblo da inicio, como El Brinco del Chinelo, de Tlayacapan, Morelos, una parodia de los españoles que hizo este pueblo después de la Conquista y a lo largo del tiempo las representaciones del gachupín se han vuelto cada vez más caricaturescas.
Sobre algunas mesas descansan artesanías llenas de vida, detalladas minuciosamente, de texturas imposibles y vívidos colores, en las que las mariposas de barro parecieran revolotear, engañando a los ojos de quien las mira con la extraña sensación de que en cualquier momento alzarán el vuelo; la increíble conjunción de estos elementos dota de sentido el nombramiento de los participantes como “pueblos mágicos”.
En el ambiente se lleva a cabo una lucha metafórica e involuntaria entre las exposiciones de cada pueblo, cuyo objetivo es llamar la atención con los colores, olores, sonidos, danzas, rituales, fotografías, videos y artesanías; un sinfín de hibridaciones artísticas y artesanales alimentan las ansias de quien se para en medio de esta mescolanza de patrimonios culturales.
Mole fiestero, verdolagas del llano con carne de cerdo, nopales de San Ramón, Campechanas, polvorones, quesos, vinos, mole de xoconostle, discada, barbacoa, licor de café, tartas de manzana, dulces de leche, de vainilla, calabazas, naranjas y limones cristalizados, son algunas de los manjares que se pueden encontrar en los stands de la feria.
Más de uno de estos platillos ha forjado su sazón a lo largo de los años, salpicando de historia el paladar del público internacional que visita la riqueza cultural de toda la República; un bocado del tradicional mole poblano transporta al consumidor a una era en la que los territorios mexicanos eran dominados por culturas como la azteca, que concibió un excelente platillo como signo de respeto para los grandes señores y dio pie al ingenioso invento de las monjas.
Un sorbo del vino de Tequisquiapan trae consigo el sabor de la última etapa del siglo XX en la que el crecimiento de este sector en Querétaro contribuyó al crecimiento económico de la demarcación y la proliferación de ranchos, huertas y viñedos otorgaron al Estado un aspecto pintoresco que hoy caracteriza a este pueblo mágico.
Los que se acercan a probar las muestras de pan aderezado con la miel más dulce que pueden producir las abejas de Zacatlán de las Manzanas, Puebla, y el sabor que les confieren los trozos de manzana deshidratada con la que se acompaña, es sólo un avistamiento de lo magnífico que puede ser este pueblo cuya principal producción es precisamente la fruta de la discordia.
Quienes gastan unas monedas en piezas de alfarería con tintes de gran colorido de Tlayacapan, Morelos, se llevan a su casa un puñado de la tierra de un pequeño pueblo donde la vida camina sin prisa y abundan las fiestas en las que muchas veces se confunde la magia con la religión cristiana, según aseguran sus pobladores.
Un sorbo del café de San Cristóbal de las Casas, Chiapas, deja en los labios del visitante, el sabor de un pueblo con cálidas tradiciones de influencias indígenas y españolas, enmarcado en un valle y montañas fértiles que vieron el crecimiento y la decadencia de la gran cultura Maya.
La curiosidad impulsa a los visitantes a acercarse para ver la exótica gastronomía de la muestra prehispánica, los más osados se atreven a probar los escorpiones, escamoles e incluso los gusanos que aún se mueven en los platos; un hombre ordenó el platillo de escorpiones, se chupó los dedos al terminar y satisfecho, le describió a DIARIO DE QUERÉTARO su extraña experiencia, “es delicioso, pero no es para cualquier mortal”.
La lista es interminable y las intenciones no bastan para conocer en tres días lo que cada uno de estos lugares ofrece, con el recuerdo de mágicos espacios y las aspiraciones de conocer territorios que hasta antes de la convención sólo podían ubicar en un mapa, los visitantes se retiran en el segundo día de la Tercera Feria Nacional de Pueblos Mágicos con las ganas de emprender próximos viajes.