Locallunes, 20 de noviembre de 2017
Ilación lingüística en ocre
Literatura y filosofía
Redacción

Que entre la luz, mi casa es su casa. Entre la luz y la oscuridad, no hay ni un solo paso… todo es tinieblas: puede ser cualquier cantidad de pasos. Entre la luz se oculta el silencio, ahí ha estado por miles de años, en medio del pasado que es oscuro. Entre la luz quedaron mis huesos que son polvo de oscuridad. Entre la luz no hay palabras porque están aquí, haciendo un poco de sombra en mi reflejo ontológico. Entre la luz hay sólo luz, no importa que la luz sea más que la idea de luz. Cualquier idea se vuelve tiempo pasado, incluyendo la luz. Viajó hace miles de millones de años hasta nosotros, y hoy apenas si la alcanzamos a ver.
Pero el pasado no es este pasado. Digo, no es el que se puede ver y tocar aquí, en medio de una hoja de papel en blanco que se ha teñido —a fuerza de palabras—, de algunas ideas en ocre impreciso. En todo caso, todo pasado irrumpe en los papeles como si éstos fueran de su propiedad. Tal parece que los pasados resumen olor y tinta vieja, como los recuerdos de mi infancia, en donde el olor a sudor seco se confundía con los sonidos de la guitarra de Manuel, tocando música española. Pero eso está ya muy lejos. Tan lejos como yo estoy de mí, cuando no me reconozco en la repetición que inicia.
Qué lejos estaba —con lugar a dudas— de estos días. En aquel tiempo mi vida era más de ʻpalabras libresʼ, o tal vez debiera decir ʻirreverentesʼ. Ningún silencio me ataba más tiempo del necesario. Los atardeceres se confundían entre los mosaicos del patio que llegaba hasta el corral, en donde las jacarandas competían con el árbol de zapote: a ver quién ensuciaba más el traspatio. No había tiempo para limpiarlo. Quién iba a limpiar las huellas del pasado. Nadie tenía tiempo, porque el tiempo no era de nadie.
Si acaso sólo los relojes estaban llenos de tiempo. En cambio, ahora el tiempo no cabe en los relojes. ¿Qué cosa cabe en el tiempo? Mis tías Lucha y Finita tenían tiempo para platicar y hasta para pelear. Pero hoy eso es parte de los recuerdos. Muchas personas con las que conviví ya no están. Quizá tampoco esté yo, porque este que digo que soy no es siempre el mismo: hoy soy otro, uno que no imaginé. Por eso el sueño es necesario: porque justifica nuestras palabras de diversos tonos de gris.
Los sueños son formas difusas de ser. En ellos estamos sólo de viaje, como apariencia. Una apariencia que no se cuece al primer hervor. Necesita de continuas visitaciones, al menos de un despertar inesperado, para alcanzar a ver el espacio en el que estábamos instantes antes de despertar. En todo caso los recuerdos nos llenan de motivos para imaginar que nosotros somos más que imaginación.
Y es que la imaginación no es cosa de ignorar. No señor, la imaginación es cosa seria, tanto que quien no imagina está condenado a vivir sólo de la realidad que le permiten los demás.
Los demás son los otros; es decir, somos nosotros cuando lo dicen los demás. Círculo que no deja de girar. Ruleta. Trompo. Periplo. Viaje. Concatenación de ideas que se tejen al mirar la inmensidad de la hoja en blanco que gira como posibilidad-de-ser.
Inmensidad, es decir, vacío. Cúmulo de palabras que retuercen una y otra vez cualquier discurso apodíctico. Lo contrario no siempre está del otro lado. El contrario soy yo cuando veo a los demás y no alcanzo a ver que los estoy observando. Porque la vista es más que vista: es una forma de vivir, de hacer nuestra la realidad, por eso yo soy tan pobre: siempre estoy esperando que alguien me acerque la realidad.
La realidad nunca es suficiente. ¿Quién puede tener suficiente realidad? Y si se tuviera, qué se podría hacer con ella. La realidad se vive y nos vive. Intercambio simbiótico que nunca dejamos de jugar. Lo mismo sucede con la idea de ser. Hemos construido una imagen hasta donde nuestras palabras lo han permitido, pero no hemos acabado de inventar palabras, luego…
Luego es una palabra de extensa duración, no se sabe dónde termina. Ayer estaba allá, y hoy no está en ningún lugar visible, es decir, decible. Porque lo que se dice se ve, y lo que se ve adquiere una tonalidad que le permite construir una voz materialmente inquisitiva. Sólo queda la ausencia, como impronta de la que sale la voz.
Preguntar, preguntar… eterna condena de la razón. Alzar los ojos hasta el concepto. Más allá de la apariencia que no siempre reconocemos del todo. Preguntar porque la voz humana es de talante divino. O porque lo divino se nos ha vuelto demasiado humano. Al final es lo mismo: ser desde la palabra que pregunta por el ser, o ser desde la respuesta que da sentido a aquella pregunta.
Pregunta: ¿en dónde estoy cuando mis palabras no son del todo mías, cuando sólo sigo un hilo conductor que es más bien ilación de ausencia?