Guadalupe Pizano está a punto de obtener la licenciatura en Artes Escénicas en la Facultad de Bellas Artes de la UAQ. Para hacerlo dirigió el montaje de la obra Los Ixtles, ¿por qué los perros no van al cielo?, basada en el cuento de Elena Garro El día que fuimos perros. Hasta aquí la información con tintes burocráticos, tintes que vienen bien a los trámites y a la monserga de preparar una tesis; sin embargo, lo que la señorita Pizano ha realizado hace gala de una explosión de júbilo que a Elena Garro le hubiese encantado.
El júbilo se hace patente en los juegos, las máscaras, los bailes que ejecutan los actores con ánimo alegre, ánimo que termina por contagiar a los espectadores que asistimos a la fiesta celebrada frente y sobre una estructura que pareciera el esqueleto de esas tiendas que levantaban los apaches en el Lejano Oeste, esqueleto que también pareciera una estrella tanto como el armazón de un globo de Cantoya, y que es el castillo de una fiesta patronal desde el cual saltarán las luces de bengala en la que se convierten los actores para jugar.
La inminente licenciada, con su inteligencia aplicada en lo que debe ser el teatro contemporáneo, trazó la panorámica de Los Ixtles (pueblo mestizo con presencia indígena) a la manera de esas pinturas que los campesinos de Morelos y Guerrero plasman en papel amate para dar fe de la vida cotidiana. De allí viene la idea de que a Elena Garro le hubiese gustado el montaje, pues ella siempre tuvo presente los años de la infancia que pasó en Iguala.
Las máscaras, el maquillaje, los trajes, la música grabada, la música en vivo, vamos, hasta las campanas de la Congregación (la obra se presentó en el Mesón de los Cómicos de la Legua) contribuyeron a recrear la vida de la comunidad, recreación que se ejecutó con escenas fragmentarias que jugaron las niñas (por cierto, excelentes actrices en formación, probablemente alumnas de Guadalupe Pizano y Víctor Sasia, encargados del trabajo con los niños que reciben lecciones en el Mesón), los hombres, las mujeres, los animales, los machetes y las pistolas.
La obra concluyó con un bailongo en el que participaron los espectadores, quienes a la hora de los aplausos fueron incorporados al elenco. Este detalle inteligente y amable lleva a buen término el carácter de la propuesta, pues la futura licenciada ha planteado para su tesis un experimento escénico comunitario.
Muchas tesis se realizan con el desgano de un trámite burocrático, pero en este caso Guadalupe Pizano plantea la vinculación con un sector que generalmente permanece al margen, marginalidad que se refuerza con las licenciaturas que se obtienen por el diploma y nada más que por el diploma; para evitar tal desidia la directora asume como propio un anhelo que se encuentra implícito en las tareas teatrales que son comunitarias o simplemente no son.
Con las características aquí reseñadas a vuelo de pájaro no hay duda que el trabajo de campo será un éxito, tanto como lo será en los escenarios citadinos, en donde es deseable una larga temporada para que muchos espectadores tengamos la oportunidad de asistir si el gusto por el buen teatro nos anima.