Lo ocurrido en la Pirámide de la Luna en Teotihuacán no es solo una tragedia nacional, es el sangriento resultado de un discurso que ha normalizado la violencia. Que un asesino haya podido escalar uno de los monumentos más sagrados de nuestra historia para disparar a mansalva contra turistas, arrebatándole la vida a una canadiense inocente y sembrando el terror en todos los presentes, es la prueba de que el estado mexicano ha perdido el control de lo más elemental.
Durante años, desde el discurso oficial se ha cultivado un lenguaje de “nosotros contra ellos”, se ha descalificado a quien piensa distinto, se ha abrazado a quienes delinquen y se han ignorado las leyes bajo el pretexto de una supuesta transformación. Sin embargo, cuando el discurso de odio se convierte en la política pública de todos los días, el tejido social se desgarra, el criminal ya no siente miedo porque sabe que el gobierno prefiere culpar al pasado que hacerse responsable del presente.
Lo que vimos en Teotihuacán -el lugar donde los hombres se convierten en dioses- es la consecuencia de tener un país dividido, con una forma de ejercer el poder que ha venido sembrando desde hace años la confrontación permanente, la polarización sistemática, el resentimiento y una narrativa que convierte a cualquier persona en un potencial enemigo.
La imagen de México en el mundo es la de un país incapaz de proteger a quienes lo visitan. El turismo internacional es uno de los grandes motores de la economía nacional y depende completamente de la confianza y la seguridad que se le pueda garantizar a los visitantes, cuando esa confianza desaparece, los efectos son devastadores, millones de personas dejarán de venir provocando una menor derrama económica que afectará alrededor de ocho millones de familias que viven del sector y que representan casi el 9% del PIB nacional.
Enfrentamos un grave problema de percepción global, en el mundo nos ven como un lugar peligroso, incierto y poco confiable. Después de siete años, la transformación prometida sigue brillando por su ausencia, lo que han dejado en su lugar es un país que exhibe graves debilidades estructurales, la historia no los juzgará por lo que construyeron, sino por lo que dejaron que se destruyera; la vida y la tranquilidad de todos los mexicanos. Al tiempo.