Localjueves, 6 de febrero de 2025
Olió a milicia la conmemoración del aniversario de la Constitución
Hasta el trato a los medios de comunicación tuvo un toque castrense, marcado por el culto a la personalidad de la comandanta suprema
Manuel Naredo

Como nunca antes en estas ceremonias que se repiten año con año, el Teatro de la República olía a milicia; en la organización, en los preparativos, en la ejecución, en el trato. Un olor que se acrecentó, que marcó su cenit, con la llegada de la presidenta de la República, con quince minutos de retraso y por la calle de Juárez, al histórico recinto: Ricardo Trevilla, secretario de la Defensa Nacional, a su derecha; Raymundo Morales, secretario de Marina, a su izquierda; en un discreto segundo plano a tres pasos de distancia, del gobernador queretano, Mauricio Kuri; y una valla de un centenar de cadetes, hombres y mujeres en la misma cantidad e igualmente bañados por el intenso sol queretano, del heroico Colegio Militar.
El ambiente castrense se recreaba en la banda de música, en la gran cantidad de militares, de muy diversos grados, que iban de aquí para allá resolviendo entuertos, en las indicaciones de los mandos a los impertérritos cadetes, y hasta en el trato a los representantes de los medios de comunicación, siempre en hilera, de corral de corral, de cinco en cinco, o de diez en diez, cual si fueran soldados al mando de quienes decidían, a saber con que razones, los traslados y los tiempos.
Adentro, esos muros decimonónicos que lo han visto todo, o casi todo, lo que puede ver un teatro, redescubrieron una ceremonia distinta, o casi, en donde resaltaron los gritos generales de “¡Presidenta… Presidenta!”, la ausencia de la representación formal del Poder Judicial de la Federación, y el anuncio de dos contundentes propuestas de reforma al documento que celebraba su cumpleaños 108: la no reelección a ningún cargo de elección popular, y la imposibilidad de sucesión familiar a esos mismos puestos públicos.
Cuatro discursos, el final de ellos a cargo de la titular del Ejecutivo federal, arropada por los otros tres, con un rescate de las lecciones de la historia nacional, la mención a la escritora Elena Poniatowska, el aplauso para los migrantes mexicanos, el reconocimiento a su equipo de trabajo y las frases que enaltecen el espíritu patrio: “México es grandioso, es imponente… “Podrán amenazar, pero no violarán soberanía ni pisotearán dignidad… Cooperación, sí; subordinación, no…”
Gerardo Fernández Noroña, el presidente de la Cámara de Senadores, fue el único que no leyó su discurso. Vestido de azul (traje y corbata), aprovechó la oportunidad de dirigirse a la clase política mexicana con una alocución coherente, clara y sencilla, que pudiera haber sido casi perfecta si no se dejara llevar por la exaltación al movimiento de la 4T y hasta se atreviera a respaldar públicamente, y en tan significativa ocasión, a Rubén Rocha, el tan cuestionado gobernador de Sinaloa.
A diferencia de años atrás, cuando las manifestaciones en contra, algunas encabezadas por el propio Noroña, intentaban llegar sin éxito al alguna vez llamado Teatro Iturbide, este cinco de febrero, las muestras con gritos y cartulinas eran de apoyo a la presidenta, aunque tampoco, claro está, lograron acercarse. La más cercana, entusiasta y ruidosa, se organizó en la lejana esquina de Hidalgo con Allende, mientras los gobernadores, los funcionarios federales y estatales, los invitados especiales, llegaban al reciento como leve llovizna y salían del mismo, luego de la ceremonia y aún antes de la propia presidenta, como aguacero. Ahí a las puertas del teatro, otrora de madera y hoy de hierro, se estrechaban manos, se prodigaban sonrisas y se repartían abrazos. Los senadores Murguía y Dorantes, la diputada García Alcocer, los familiares del gobernador Kuri, el exgobernador Calzada, la ministra Batres, los secretarios Ebrard, Delgado, o Rosa Icela; los gobernadores de Chiapas, el único que se de-tuvo a hablar con la prensa, de Puebla, de Chihuahua, la jefa de gobierno de la Ciudad de México, y hasta el casi queretano Diego Prieto, el director del INAH, reencontrándose con su ciudad.
Mientras las muchas, muchísimas, camionetas, brancas y negras, recorrían los rosados adoquines de Hidalgo y de Ángela Peralta, mientras La Mariposa se disponía, al fin, a abrir sus puertas, y las calles recuperaban, de a poco, su libertad, los militares, los cadetes, los músicos uniformados, seguían ahí, al pie del teatro histórico, con los uniformes de gala, bajo el sol, a la espera del rompimiento de las filas que habían conformado más de tres horas antes. Los corrales, formados con vallas y férrea disciplina, permanecerían ahí un tiempo más, el suficiente para recordarnos que hoy la tradicional ceremonia del cinco de febrero olió como nunca, con fuerza y contundencia, con evidente significado, a milicia.