
Desde hace unos cuantos artículos Domingo Siete ha dicho que el cine contemporáneo, cuyos ejemplo se toma del que se exhibe en las muestras de la Cineteca Nacional, tiene mucho de documental, tendencia que se justifica si se piensa que el capitalismo de la globalización es abusivo y cruel, y como tal ha creado verdaderas crisis humanitarias que el cine ha tomado en cuenta.
La documentación de tales crisis no se parece a la que exponía el Neorrealismo Italiano, por ejemplo, ni al cine de denuncia que se filmó en la época de la guerra de Vietnam y de las guerrillas latinoamericanas. De muchas maneras aquellas cinematografías eran deudoras del Realismo Socialista que, en sus mejores momentos (que fueron los peores), subsumía los conflictos personales y familiares; ahora la documentación de los conflictos sociales no prescinde de los conflictos que se dan en los ámbitos particulares e íntimos. O sea que las nuevas producciones cinematográficas trazan sus montajes en sentido horizontal y vertical. Y los dos llegan muy lejos.
Me viene a la memoria La Jaula de Oro de Diego Quemada-Diez, por ejemplo, esa película que al abrir una de las muestras dejó correr la documentación exacta de un viaje en “la bestia” y, al mismo tempo, nos bañó con poesía. Me viene a la memoria Hagen, aquella película en la cual la violencia paterna arroja a la calle un perro casero que, en la vorágine de la ciudad, se transforma en un violento perro de pelea.

La 62 Muestra Internacional de Cine vino a corroborar lo dicho. Aunque su servidor no pudo asistir a la exhibición de todas las películas, las que vio son un buen ejemplo de documentación en profundidad: Yo, Daniel Blake de Ken Loach, por ejemplo. Debo advertir que la visión enriquecida del filme llegó a ser tal solamente después de los comentarios compartidos con otros espectadores (y espectadoras). Sabido es que uno es el filme que monta el director y otro el que ven los espectadores; entre estos nadie ve el mismo filme, cada quien lo asimila según la calidad de su mirada, lo cual multiplica los puntos de vista.
Antes se organizaba “foros” para debatir un filme, pero a la hora de comentar ganaba el lugar común o la consigna. Ahora, por lo menos en la Ciudad de México (que tomó la idea de Buenos Aires), se han organizado “escuelas de espectadores” para ampliar con conocimiento de causa la apreciación de un filme o de una obra de teatro. Este es el meollo del asunto: si en este Domingo Siete se habla de cine es en cuanto tiene que ver con el teatro, sobre todo el que escriben los jóvenes. Por eso Yo, Daniel Blake es un buen ejemplo: un carpintero viudo, sin hijos y enfermo del corazón, por un lado, por otro una joven mujer, madre soltera a quien no le alcanza el bono de desocupación. Los dos son víctimas de la burocracia inglesa, pero ella aporta los hijos para felicidad del carpintero - abuelo que morirá de infarto.
Lo mismo que pasa en Yo, Daniel Blake pasa en La chica desconocida de Jean – Pierre y Luc Dardenne, en Hogar de Fien Troch, en Sangre de mi sangre de Marco Bellocchio (por cierto, la única que se sirvió de un golpe cinematográfico, las demás contaron lo que tenían que contar con una cinematografía “normal”, por decirlo de alguna manera), y en Últimos días en La Habana de Fernando Pérez Valdés.