
Recientemente tuvo lugar la Octava Cruzada Central por el Teatro, encuentro importante en la ciudad de Querétaro y sin duda importante para Atabal, la agrupación organizadora, cuyo trabajo para la realización de este evento ha significado años de constancia y un deseo profundo por intercambiar y compartir, gracias al cual, con el tiempo, hemos tenido oportunidad de sumar cada vez a más artistas tanto en la parte organizativa como en el trabajo en escena.
La emisión de este año, debido a sus propias particularidades y a la suma de ideas para el enriquecimiento del encuentro, incluyó a un grupo internacional: Café a Medias de Costa Rica. La mención de dicha agrupación la hago no porque tenga mayor importancia o valor que las demás agrupaciones nacionales que conformaron la Cruzada Central, sino porque es una experiencia nueva de intercambio que en particular movió muchas ideas y abrió ventanas que vale la pena rescatar y compartir.
Desde la parte organizativa del encuentro, tuvimos, antes que la experiencia de conocer a los colegas en escena, la de dialogar con ellos, intercambiar palabras y modismos, escuchar y compartir costumbres, imaginar sabores y paisajes y ¿por qué no? reír un poco de lo “extraño” (en este caso, por la diferencia cultural) que de pronto algo pudiese parecer.
En fin, el intercambio sucedió de a poco, un par de días antes de que se diera la función de la obra con la que Café a Medias venía a representar a su país: Fragmentos, una joya de espectáculo que nos coloca desde su inicio en un espacio desconocido, atemporal y -desde mi lectura- frágil, frágil ante el vacío y la sinrazón del estar. Dos personajes entrañables que, con inocencia, se plantean muchos cuestionamientos y que, hundidos en un mar de plástico, sueñan un mal -o buen- día con “un mar de plástico barato”. A partir de esta afirmación, los personajes nos llevan por un viaje de posibilidades de personas que navegan en este mar, una metáfora poderosa de un estado del ser, de lo que nos rodea y deseamos en nuestra existencia. El vacío, la superficialidad, los estereotipos describen y dan juego a un escape constante de estos personajes al enfrentarse vivamente con estas atroces realidades.
La diferencia cultural es en principio sutil, casi imperceptible, mas con el avance de la obra los modismos, e incluso ciertos cuadros muy regionalistas en cuanto al léxico, van marcando, inevitablemente, las diferencias. Se vuelve, incluso, más fácil reír o llorar en situaciones que parecen aisladas, si desde el acento me parece lejano; quizá sea porque aquello que está sucediendo entre esos seres en escena es ajeno o distante de mi realidad. Sí, eso quizá es el trabajo que realiza el subconsciente mientras las vueltas de tuerca de la obra nos van colocando cerca, muy cerca de los personajes que resultaban ser tan ticos como mexicanos, amigos, familiares.
Relato lo anterior como una experiencia, netamente de espectadora, para referir cómo esto -el teatro y la capacidad de comunicación que abre- derriba cualquier duda y distancia. Vivimos en geografías diversas y, sin embargo, tenemos tantas preocupaciones comunes, ideales, dolores y razones tan afines que más allá de la profunda respiración y el duro suspiro que deja el discurso de la obra, abrió en mí una ilusión, quizá inocente, pero brillante sobre lo ligados que estamos como seres humanos y cómo esto es, de alguna manera, un escudo protector para avanzar y luchar en contra de realidades fabricadas que nos absorben y reducen.
Luego de esta catarsis, pienso también en el lenguaje escénico y me vuelvo a maravillar de la similitud de lenguajes con muchos de los grupos nacionales presentados en este mismo encuentro; mucho discurso puesto en el cuerpo, un cuerpo que de un tiempo acá he visto hablar en escena en compás real con la voz, lo que hace posible una comunicación cálida con los espectadores, con la ayuda de dispositivos escénicos sencillos pero infinitos, con posibilidades de transformación encontradas sólo a través de la inmersión total en los mundos propuestos. Desde luego, la sencillez de los dispositivos escénicos viene de tendencias estéticas, mas también de realidades socioeconómicas del arte en las que la producción escénica se vuelve tan complicada que las resoluciones no tienen más que encontrar cauce en la creatividad para no detener el deseo y la necesidad de los artistas por crear. Siendo esta también una de las razones que definen las tendencias artísticas, ¡enhorabuena! que el teatro viva y se reinvente cuantas veces sea necesario.
Por último, quiero compartir que la convivencia que tuvimos, previa a ser espectadores de la obra Fragmentos, se modificó, en mucho, después de haber visto el montaje. No me atrevo a decir que es una experiencia entre “hacedores del teatro” -o si todo espectador que tuviera la oportunidad de convivir con una persona antes y después de la escena pudiera repetir esta sensación- pero esta diferencia en la convivencia viene de una comunicación y entendimiento muy profundos entre seres humanos, que sucede sólo a través del compartir de actor a espectador o de artista a espectador, es todo aquello con lo que congeniamos y sabemos después, consciente o inconscientemente, que somos afines y nos dolemos y alegramos y aspiramos y luchamos por tantas causas en común que sin necesidad de verbalizarlo después, la comida, la bebida, las risas y palabras saben distinto; como si se hubiesen compartido tiempo atrás, como si las diferencias ya no fueran tantas y la distancia no fuera tanta, porque no lo es teniendo tantos corazones, sueños, arte y teatro para hacer puentes hacia cualquier mundo.