Locallunes, 30 de marzo de 2026
Venden sus palmas afuera de los templos
Decenas de vendedores elaboran y venden cientos de palmas tejidas frente a templos de la capital, combinando tradición y comercio
David Álvarez

Son 300 palmas la meta que algunos vendedores se proponen cada Domingo de Ramos en los alrededores del Santuario de la Santa Cruz, quienes, desde un día anterior, provenientes de Guanajuato o el Estado de México se instalan ofreciendo ramos tejidos, lo que simboliza el inicio de la Semana Santa.
Ángel López ha llegado desde Tierra Blanca, en Guanajuato, quien con paciencia y precisión teje cada palma mientras explica el tiempo que le lleva completar su producción cada año.
“Para cada uno nos tardamos unos diez minutos, de un tamaño promedio. Cuando llega esta temporada hacemos 300 en un día, sin dormir, desde la mañana hasta la tarde. Nostros desde ayer estamos aquí vendiendo”, indicó, añadiendo que tienen 13 años vendiendo en la explanada del Santuario de la Santa Cruz, junto a su familia.
Durante la jornada, las palmas recorren manos de niños, jóvenes y adultos que acuden a recibir la bendición en los templos. De 30, 35, 40 pesos, los feligreses compran su palma como parte de esta tradición que, además, da sustento a decenas de familias.
“Somos comerciantes, trabajamos la canasta, todo eso durante el año, y ahorita nomás hacemos la palmita en Domingo de Ramos. Aquí tenemos 13 años viniendo aquí en La Cruz. Nosotros nos dedicamos a esto y cada año esperamos vender muchos más”, relató.
Fabiola, originaria de Valle de Santiago, también en Guanajuato, tiene un proceso menos extenso, aunque solo trabaja ella. Teje cada figura en 30 minutos, dedicándole paciencia; un puesto más pequeño y con cinco años viniendo a este Santuario.
“Yo soy de Valle de Santiago; nos venimos cada año aquí desde hace cinco. Aquí se nos da bien la venta de cada palmita. Me tardo alrededor de media hora en hacer todo. Necesito, para que salga la inversión, hacer unas 200, y conn eso es una buena venta”, detalló.
El movimiento de palmas tejidas, entre manos que las compran y manos que las crean, convierte el Domingo de Ramos en un espacio de tradición, trabajo y comercio, donde cada ramo vendido refleja la dedicación de los artesanos que, cada año, se aseguran de que los feligreses puedan mantener esta costumbre.