La herencia de los abuelos vive en la
huasteca a través de los contadores del
tiempo
Quince representantes de estas culturas ancestrales hablaron sobre la sabiduría que heredaron y coincidieron en una cosa: no dejar que el saber de sus abuelos se pierda, porque en aquel entonces la tierra estaba sana; hoy, el hombre la daña con la tecnología transgénica.
SABERES DE LOS
ABUELOS
“Él no estudió en la escuela, él no tiene un método para entender las notas; no tenía quién le enseñara a hablar español, pero él es un sabio. Conoce sus ancestros, su lengua y los significados de sus enseñanzas” tradujo del téenek Basilio Hernández.
En el ritual de su esposo “ella le abre los ojos a los dioses”.
“DEPENDE SÓLO DE
NOSOTROS”
En los buenos hábitos alimenticios, en comer lo que la madre tierra da. “Ahora ya no queremos cocinar, vamos al mercado a comprar lo ya hecho, lo que es más fácil” dijo.
La tecnología ayuda, admitió. “Ayuda a acercarnos a realidades que queremos conocer y profundizar, a consultar fuentes, aunque no todas. Y también estamos atreviéndonos a escribir algo, a dejar en un papel aquello que nosotros aprendimos oralmente”.
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JALPAN DE SERRA, Qro.- Las culturas maya, téenek, tepehua y mexica se encontraron y dialogaron el pasado mes de octubre durante el XXII Festival de la Huasteca con la presencia de médicos tradicionales, sanadores, contadores de ciclos agrícolas, de ritualidad y vida que en el Museo Histórico de la Sierra Gorda protagonizaron el encuentro de Contadores del Tiempo, encuentro presidido por el versador queretano Pedro Marín.
La luna es la guía para la siembra y la cosecha; la tierra es la madre que regala sus frutos; el maíz es el padre que alimenta; y los sueños el canal por donde los ancestros se comunican para continuar sus saberes. Danza, música, olores, sabores, colores, formas y sonidos; la lengua y el amor hacia la tierra, hacia el hombre, hacia los animales y las plantas es lo que rige su día a día. “Mi abuelo viene cada 1 de noviembre a ver que yo siga sus enseñanzas”, dijo Humberto de la Cruz, náhuatl de Hidalgo. “Primero oralmente, después es en los sueños, en la percepción, nuestros abuelos nos aconsejan” dijo Sebastiana, maya de Quiché. “Yo escuché la música en un sueño; y cuando desperté, la música seguía ahí” narró Juan Santiago, téenek de San Luis Potosí.
El recuerdo y enseñanzas de los abuelos están vivos en comunidades huastecas como Tatajuatitla o San Felipe Orizatlán, Hidalgo; Las nuevas flores, Querétaro; Coetzala, Puebla; Coahuelolco, Veracruz; Cosatlán, San Luis Potosí; y Chichicastenango, en el departamento de Quiché, a hora y media de la capital guatemalteca.
Sebastiana, maya Quiché de Guatemala, heredó de su mamá Tomasita los saberes de la tierra. La tierra renuncia, la tierra renace. “Renunciar es purificar nuestro ser” explicó. Y cada día de su cosmovisión maya está dedicado a un fin específico, por ejemplo el domingo es el día de los abuelos, de los ancestros; el lunes de la estabilidad, ya sea emocional, física o psicológica, etc.; las ceremonias son para invocar a los ancestros de todo el mundo, de cada país, de cada comunidad, y pedir o desatar según sea el día. “Conforme el gran universo nos regala oportunidades como estas de conocer otros grupos étnicos, en esa medida vamos incorporando en nuestras oraciones a esos ancestros para que sigan transmitiendo sus conocimientos”.
Juan Santiago tiene 85 años. No habla la lengua de Hernán Cortés sino el téenek, o idioma huasteco. De niño tuvo un sueño: él volaba escuchando música que venía de una nube; volaba tan alto que lograba tocar la nube y conocer de dónde venía esa música. Era una música que jamás había oído pero al amanecer cuando despertó, la música aún estaba ahí. Entonces él empezó a tocar la música para la Danza de las Varitas, una tradición que se pierde cada día. La danza representa la vida, la paz, a los guerreros que trabajan en el campo todos los días, todos los meses. Don Juan Santiago acudió al Festival de la Huasteca con la esperanza de que haya más personas que se interesen por su danza y él poder enseñarles.
Georgina Hernández, de la comunidad de Tatajuatitla, en la huasteca hidalguense habló de los ciclos agrícolas. “Nosotros nos guiamos con la luna para saber cuándo cosechar o sembrar maíz y frijol; ahora la gente ya no seguía por la luna, por eso estamos dañando a la tierra; nuestros abuelos nos aconsejaban cuándo debíamos echar una gallina o guajolota, también cuándo se capan los puerquitos, para que se den todos”.
Verónico Dorantes García, de San Felipe Orizatlán, Hidalgo, desde los trece años se dedica a la medicina tradicional. “En la medicina tradicional encontré el refugio de mi vida, el bienestar de los demás y la paz de mi espíritu” aseguró. Verónico explicó que existen tres tiempos: el tiempo de nacer, el tiempo de vivir y el tiempo de morir. “Esos tres tiempos están señalados en las trenzas y en las costuras de las faldas de las mujeres” señaló “están en toda nuestra tradición”. Como médico tradicional respeta a las plantas, a los animales y se guía por los tiempos de la luna. “El tiempo de luna llena es bueno para los matrimonios, para que no haya divorcios y tener hijos sanos. También existe el bienestar de las personas cortando sus plantas para medicinas, aunque se bañen con las plantas si no las cortaron en luna llena no les sirve de nada”.
De Coetzala, Puebla y hablante náhuatl, Bernardino Ramos de Jesús también es médico tradicional. “Al cortar la planta se le habla” sentenció. “Yo trabajo así: en las mañanas cuando tenga sereno, la corto, le rezo, le hablo. Ya después de las doce, las plantas ya no sirven para cortarlas porque ya desprenden sus cualidades curativas, antes de las once se cortan, si dices voy a cortarla a las 2 o 5 de la tarde ya no sirve. Mi difunto padre me enseñó a hacer trabajos espirituales, ayudas espirituales. Los jarabes y pomadas me los enseñaron las instituciones. Yo dependo del IMSS y salubridad, ellos me llevaron a cursos, he estado con biólogos, y con ellos he aprendido”.
Josefina y Justino, de Coahuelolco, Veracruz, no hablan castellano sino náhuatl, que ellos llaman mexicano. Requirieron de un traductor, Román Güemez, antropólogo, que les acompaña a donde ellos van. Josefina ayuda a su esposo en la ceremonia. En la cúspide del cerro corta la semilla que representa el cuerpo de la diosa madre: el maíz, el frijol, la calabaza, el chile y todos los alimentos sustanciales de las comunidades indígenas, se colocan en un canasto floreado que se lleva a la casa y se renuevan los granos del año pasado, porque cada año hay una ofrenda a la madre tierra que debe renovarse.
Jacinto explicó: “Llevo 40 años de oficio. Dios me dio el oficio para que yo pudiera cortar en papel al viento, a la lumbre, y para que la siembra de maíz, chile y pipián se den. En junio sembramos, enterramos un pollo para que todo se dé, saludamos a la tierra, a Dios, para que haya comida. Solo algunos sabemos este oficio porque ya no somos demasiados. Yo corto el papel y ahí señalo, dibujo a la madre vieja y al padre viejo, todo corto, y lo vamos a dejar al cerro, saludamos a la tierra, a la lluvia, al sol, y a todo lo que tenga vida. Dibujamos y saludamos a san Cristóbal y su bastón, al santo laguna, hacemos un petlakali (petaca). Pago a la tierra todo para que haya comida, trabajo todo para que se vaya a la mesa, una petaca de papel cortado que simboliza al chile, al maíz, al ajonjolí, y luego vestimos a los dioses mayores, escuchamos música, nombramos a los niños sus padrinos, bailamos con los dioses, con los viejos y las viejas, eso es todo lo que yo soy”.
Todos los representantes de las distintas etnias que perviven en la región huasteca coincidieron en que el saber de sus abuelos debe ser respetado. Esto incluye seguir sus enseñanzas, cuidar de la tierra, alimentarse sanamente, cumplir con el calendario ritual, no olvidar la lengua, la música y la danza. No depende de una institución, depende de la mamá que le enseña a su hijo esos saberes, depende del papá que siembra y cosecha como le enseñó a él su padre; depende del vestido que portan las mujeres, de la cerámica que hacen los hombres.
Tomasita Suy Tomin fue clara al hacer una lista de todo aquello en lo que descansa la sobrevivencia de una tradición: “La transmisión está en los tejidos, la vestimenta, en la comida, en la alfarería, en la cerámica, en las construcciones, en casi en todo nuestro vivir diario”.
Y concluyó: “la escuela está en nosotros, no necesitamos escuela para aprender lo que es natural ¿o acaso ustedes necesitaron escuela para traer un niño al mundo? Todo está en la mamá que le enseñe a su hijo. Yo soy analfabeta, lo que me dé la madre tierra, eso lo coso y le doy a mis hijos; no voy al supermercado para comprar y nada más calentar y darle a mi bebé. Dios no se equivoca, él nos dejó bien equipados: un lugar rico en alimento, en cobijo, tierra donde crece el alimento, la medicina y los conocimientos para aprenderlos. Nadie me enseñó a comer, la vida me enseñó y la tierra me lo da. Yo no tengo que ir lejos para estudiar. Yo aprendo de la sonrisa de los bebés, con los abuelos está nuestra escuela, del más pequeño al más grande está el aprendizaje. Obligación de uno es enseñar a mi familia, a mis nietos, a mis vecinos”.