diariodequeretaro
Locallunes, 30 de octubre de 2017

Yo no sé mañana, quincuagésimo segunda entrega

Marcelo Liberado Salinas

Redacción

Por Gabriel Vega Real

La primera noche sin don Cayetano Salinas, los animales aullaron y maullaron a la noche nueva, sin Luna ni estrellas.

¿Quién se puede acordar de los animales en un velorio?

nadie.

En toda la casa se palpaba la soledad que muerde, la soledad que apachurra: la soledad que ahoga. Silencio absoluto.

No reparó que entre sopeada y sopeada los gatos se le pegaban a los pies y los perros se resignaron a echarse sin comer los pellejos ni roer los huesos que todos los días, a las dos de la tarde, llevaba el muchacho de la carnicería.

¡La lecheee!

Tampoco oyó el clamor que indicaba a doña Artemisa el momento de tender el mantel y colocar la vajilla con la sopa y el guisado que elegía Cayetano, el grito que marcaba la hora de haber regresado con el kilo de tortillas y comprar tres cajetillas de cigarros. El grito de

¡Los pellejos para los perros¡

no lo escuchó Artemisa y, como nadie salió a pagar, el chamaco, fiel al lema de la carnicería:

“Chivo brincado, chivo pagado”

no los dejó.

¿Por qué los vecinos no jalaron el cordel de la campana?

La respuesta es sencilla. Entre el montón de gente, los guardias, la carroza, la orquesta, el elegante ataúd, los arreglos florales y un montón de etcéteras, alguien rompió el cordón.

Dos cosas más

Otra: Artemisa vivía la sordera del duelo. La soledad que muerde, que pellizca, que hace que nada exista, que desconecta de la vida.

Continuará

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