Yo no sé mañana, trigésimo séptima entrega
Las Voces
Redacción
Por Gabriel Vega Real
- Aquí espantan, se oían gruñidos.
El mesero que escapó de las notas apretujadas de Marcelo Liberado atravesó el muro de la cafetería; los cuerpos de los empleados; las mesas y nos trajo el servicio.
Olía a tabaco y nadie fumaba. Insistió la chica.
Asearon las mesas y recogieron el cigarro que arrojé.
La chica se quitó el mandil y renunció a su trabajo. Se retiró. Insistió al capitán de meseros
Desde que entré a trabajar pasan cosas extrañas: se oyen gruñidos y voces que espantan a los pájaros y a las palomas, el perro del escritor mudo ladra a las paredes.
Al caminar por el andador, la chica retorció el cuello como los zopilotes. Al arrojar el mandil al mostrador, los ajolotes se escondieron en los manteles y los ratones de la pecera inflaron burbujas de colores.
Meme dio un sorbo a su café. Me urgía un cigarro, pero Meme fue contundente cuando me prohibió fumar.
Los trazos del rostro de Maryen eran esbozos.
Meme no sabía que se desprendió de un ser vivo, hablaba como si no fuera personaje literario. Cerró los ojos y continuó con su relato. Los zopilotes aletearon, los ajolotes se guarecieron en los recovecos y el rinoceronte albino siguió roncando.
Las palabras de Meme fueron suaves; murmullos de su pensamiento.
Me vestí aprisa, no sabía qué decir de la obra de Pavel, pero algo debía decir.
Salud.
Continuará...























