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Quiénes cultivamos una ideología de izquierda, y junto con la presidenta de México estamos preocupados y ocupados en encontrar la mejor manera de defender nuestra soberanía nacional frente a los embates cotidianos de Trump, no podemos dejar de reconocer que el tema es mucho más complejo y que, por lo tanto, supera el arte de saber dialogar con un gobernante que para muchos sectores de la población simplemente representa una persona poco racional, temperamental y voluble.
Lo que vivimos hoy en México y en todos los países de América Latina, es una expresión radical del ejercicio del poder político por parte del presidente de los Estados Unidos, orientado a garantizar que la clase social dominante de su país imponga su poder sobre otras naciones, a fin de cuidar y preservar las relaciones de producción existentes. Hoy Trump representa a esas clases dominantes que sustentan el capitalismo voraz desde hace más de dos siglos, cuyo principal propósito es lograr que sus intereses de lucro se cuiden y se preserven por encima de cualquier otro interés legítimo de la mayoría de las poblaciones.
Lograr estos propósitos implica, entre otros aspectos, el control de recursos como el petróleo, el gas, la minería, el agua, el litio y muchos otros recursos naturales que se encuentran en nuestros países. Así que, en ningún caso, les interesa la democracia, ni los tratados comerciales justos, ni mucho menos la salud de sus poblaciones adictas, estas falsas preocupaciones son solo un pretexto para dominar los recursos de los países vecinos: No es Maduro en Venezuela, es el petróleo, al igual que en los casos de Ecuador, Colombia y México; no es Boric en Chile, es el litio, al igual que en los casos de Argentina y Bolivia; no es Lula en Brasil, son sus minerales al igual que en el Perú; no son los gobiernos de Centroamérica, son sus recursos hídricos y el Canal de Panamá.
Si la izquierda mexicana se pierde en temas falsos, alimenta cortinas de humo que no permiten ver las verdaderas intenciones de las clases económicas que representa Trump en su país y en el mundo entero, corre el riesgo de no comprender el fondo del embate de Estados Unidos contra México y contra diferentes países de América Latina, cayendo además en su trampa del “divide y vencerás” a través de discursos de salvación de las poblaciones de las garras de los gobiernos o líderes autoritarios, tan vendible en las redes sociales.
La principal arma de la izquierda debe ser el discurso objetivo, los logros y las verdades, ciertamente siete años de transformación en México vistos en la línea del tiempo son muy pocos para revertir 35 años de neoliberalismo y de corrupción, que ocasionaron empobrecimiento, destrucción de la riqueza natural, disminución de la soberanía energética, expulsión de muchas comunidades de sus territorios en beneficio de grandes acaparadores y monopolios, lucro con los recursos hídricos, inseguridad y mucha desigualdad. No obstante, los avances están a la vista, hay sin duda una mejor distribución de la riqueza, la Nación está recuperando la soberanía energética y sobre todo, se están disminuyendo las desigualdades. Estas son verdades que la izquierda debe difundir frente a los intentos de división que impulsa Trump y sus aliados mexicanos.
Reconocer los avances de la izquierda mexicana respecto del propósito estratégico de bienestar, a la par de reconocer los embates del imperialismo estadounidense y de la ultraderecha mexicana a los que el proyecto de la Cuarta Transformación se está enfrentando, obliga a reforzar la unidad en el ejercicio del poder desde los gobiernos emanados de Morena y en la construcción de la identidad de izquierda.
Es cierto que el ejercicio del poder va más allá de quien hoy lo ostenta mayoritariamente a nivel federal, pues en todas las sociedades éste tiende a dispersarse en múltiples poderes, ámbitos de gobierno, instituciones, relaciones sociales, económicas, comunitarias, intereses legítimos e ilegítimos que imponen prácticas, discursos y mecanismos que orientan, regulan y normalizan la conducta de los individuos y las poblaciones, por ello lograr esa identidad de izquierda al gobernar o ejercer un cargo de elección popular, adquiere un especial significado.
Hoy, por ejemplo, el poder de las redes sociales puede destrozar a los proyectos progresistas, humanistas y de izquierda, por ello, la lucha por el discurso se coloca como uno de los ejes relevantes del ejercicio del poder, y desde una visión de izquierda debe incorporarse como parte de la actividad política de la izquierda, pero siempre en su coherencia con la práctica política.
La lucha por el discurso debe ir acompañada por una práctica ética y coherente con el proyecto que se enarbola. La práctica de la derecha es el individualismo y el engaño, por eso pueden inundar las redes sociales con mentiras, noticias falsas y la generación de una sensación social de caos inexistente para que las personas los sigan por temor.
La práctica de la izquierda debe ser el bien común, el bienestar, la soberanía nacional, la fraternidad, la honestidad y la unidad con el pueblo. Si se logra esa práctica, el discurso es naturalmente coherente y el pueblo seguirá defendiendo mayoritariamente el Proyecto de Nación a la par de descartar las falsedades de la derecha.
Consciente estoy que en el ejercicio del poder desde las diferentes Instituciones y personas que se han sumado a la Cuarta Transformación en los distintos órdenes de gobierno, universidades, poderes legislativo federal y estatales y poder judicial, no siempre se ha logrado esa coherencia entre la práctica y el discurso y que la identidad como movimiento progresista y de izquierda se encuentra en proceso de construcción, pero también estoy convencida que el paso lo tenemos que acelerar, porque el enemigo de las causas del pueblo, acecha a cada minuto y no hay espacio para politiquería.
No es tiempo de divisiones en la izquierda por luchas internas de poder, no es tiempo de exclusiones porque eres de tal o de cual grupo, no es tiempo de banalidades ni de soberbia, no es tiempo de amiguismos, no es tiempo de alianzas con los enemigos del pueblo, no es tiempo de maniobras legales para perpetuarse en el poder, no es tiempo de alejarse del pueblo.
Si es tiempo de unidad, de profesionalismo, de sencillez, de escuchar al pueblo, de reconocer la lucha y experiencia de todos y todas los que han caminado para que México haya tomado el camino de la izquierda, de poner en el centro la justicia social y de reforzar las causas de los movimientos sociales y de la población en general y de sus diferentes sectores.
Si es tiempo de cuidar nuestra soberanía y de ganar la lucha por el discurso respaldado por una práctica ética que coadyuve a generar una identidad claramente de izquierda. Si es tiempo de seguir apoyando con convicción a nuestra presidenta Claudia Sheinbaum Pardo en quien el pueblo ha depositado su confianza para engrandecer a México.