La buena vida / Pueblo sin tradiciones es un pueblo sin futuro
La llorona de don Juan
Rosa Maria Campos
Don Juan era “todo un galán”. Alto, fornido, moreno de ojos aceitunados parecido al famoso actor argentino de sus tiempos de juventud Hugo del Carril y también al mítico Carlos Gardel.
Vestía con sombrero de fieltro de ala ancha, sacos de lana inglesa, corbatas europeas compradas en tiendas elegantes, igual que sus camisas siempre impecables, zapatos de piel y colonias importadas.
Azahares del destino lo trajeron a vivir Xalapa donde sólo contadas xalapeñas lograban resistirse a su varonil atractivo, exquisitos modales y esplendidez incomparable y entre ellas, la más difícil de conquistar: mi mamá.
Situación que molestaba a don Juan, quien a pesar de ello dejaba todo lo que tuviera que hacer para enamorar a la educada xalapeñita que ponía una ventana de gruesos barrotes de por medio, cuando él la visitaba.
Sin embargo, don Juan sin titubeos, a distancia le dio las buenas noches a la mujer y con su voz ronca y varonil y preguntó ¿puedo servirla en algo?
Esa noche don Juan aprendió a tener miedo al caer privado sobre el húmedo pasto de Los Berros. Por la mañana un barrendero del parque fue a avisarle a mi abuelo.
El abuelo, hombre compasivo, admitió en su casa al maltrecho don Juan que tardó dos semanas en reponerse del susto. Al año siguiente mis padres estaban casados y yo venía en camino.
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