elheraldodejuarez
Localjueves, 5 de marzo de 2026

Así es la vida en el último monasterio de Ciudad Juárez

Entre oración y silencio, las últimas 10 hermanas clarisas sostienen una misión en medio de la falta de vocaciones; su vida de clausura resiste al paso del tiempo y a la modernidad

Paola Romo

En el marco de la conmemoración del 8 de marzo, las religiosas de clausura encarnan la valía de la mujer desde el servicio y como una expresión de paz, como ellas mismas lo definen.

Sin embargo, a los ojos de un mundo moderno, su vida podría corresponder a la Edad Media, como su propio hábito. Sus días transcurren entre la oración, el sacrificio y el amor ofrecido a los demás.

Ese sacrificio, dijo el Papa Francisco, es la fuerza invisible que sostiene la misión de la Iglesia. A imitación de Cristo, “asumen los problemas del mundo, las dificultades, las enfermedades, muchas cosas, y rezan por los demás”.

➡️ Únete al canal de WhatsApp de El Heraldo de Juárez

En Ciudad Juárez, esa enorme responsabilidad recae en las últimas 10 religiosas de clausura.

La última vocación que perseveró ingresó hace ocho años. La hermana más joven tiene 33 años y la mayor 76. Con el paso del tiempo varias han fallecido y sus lugares no han sido ocupados. La congregación se va apagando.

Se trata de la orden de las Hermanas Clarisas Capuchinas de Santa Clara del Monasterio de Cristo Rey, en La Chaveña, el único recinto de vida contemplativa en esta frontera.

Y en el estado la situación no es diferente. En Chihuahua capital hay siete religiosas de esta orden; en Madera, siete; y en Casas Grandes, 13.

De las 10 hermanas en Juárez, tres son originarias de Zacatecas; también hay de Aguascalientes, Michoacán y Veracruz. Del estado, provienen de Ascensión y Delicias, además de tres juarenses.

La vocación más reciente en esta frontera es la de Sor Verónica Gaytán, originaria de Ascensión, Chihuahua. Se encuentra en su cuarto año (de cinco) de votos temporales; después profesará de manera perpetua.

Sor Elena explica que existen dos formas de vida consagrada para las mujeres: la activa y la contemplativa. La primera corresponde a órdenes que trabajan en colegios, hospitales, misiones o catequesis. La segunda se desarrolla en monasterios de clausura.

Sor Elena atribuye la falta de vocaciones a que ahora, “las chicas quieren hacer más cosas”; les resulta difícil dejar el celular y las redes sociales, además de que pesa el silencio, el encierro y la distancia de la familia.

Hace menos de un año ingresó una postulante que permaneció ocho meses. Otras cinco o seis han durado semanas o un mes. “Nos dicen: yo encerrada no puedo”.

Vocación no es desilusión, sino un llamado de amor y renuncia

La vocación religiosa no nace de una desilusión amorosa ni de la falta de oportunidades para formar una familia, sino de un llamado profundo de Dios que implica renuncia y entrega, afirma Sor Elena.

Originaria de Calera, Zacatecas, creció en una familia profundamente religiosa con ocho hermanos. Era la mayor de las mujeres y contó con el apoyo de sus padres para ingresar.

“Muchas veces la gente cree que nos metemos al convento por desilusión, porque no encontramos novio, porque no encontramos con quién casarnos, por escaparnos de la familia. La gente no se fija a lo que renunciamos”, aseguró Sor Elena.

Yo renuncié a estar enamorada y nos metemos aquí porque nos llama Dios y nos da la gracia de responder, renunciando tal vez a algo hermoso, pero esto que sentimos dentro es más grande que lo que nos ofrece el mundo”.

Convencida de su elección, afirma: “Si no creyera que Dios me ama, que todos los días vivo por Él y que todos los días respiro por Él, ¿qué caso tendría estar aquí?”.

Tristes por la falta de vocaciones

Y en sus plegarias diarias, piden que el amor y el carisma franciscano florezcan, y suplican a Dios que envíe nuevas vocaciones para su comunidad.

NOTAS RELACIONADAS

Más Noticias