Además de la enorme belleza de apreciar las artes escénicas en el teatro; el cine en un cine; las artes plásticas en una galería o museo, la presentación de un libro en una librería o en un espacio agradable ¿dónde más se necesita el arte? en las escuelas, en las cárceles, en los albergues, en los centros de rehabilitación, en las colonias, en los asilos, en los hospitales, en los campos agrícolas, en los centros de apoyo a las mujeres víctimas de violencia, en las oficinas donde se vive acoso laboral, en todas partes. Por fortuna, el arte ha llegado a estos espacios como una alternativa de recreación, entretenimiento y alivio. La mayoría de las veces, por iniciativa de colectivos ciudadanos que buscan la manera de presentar su trabajo artístico, lidiando con las dificultades por pago de honorarios, traslado, seguridad, pero esa es otra historia. ¿El artista crea para sanar a las audiencias? ¿Su razón de ser es servir como terapia? No, no precisamente, sin embargo, cómo ayuda.
Hace unos días participé en un taller de dramaterapia con la creadora escénica Itzel Tapía. Acepto que yo iba con reservas, un tanto indispuesta a participar en ejercicios donde tendría que exponer mis defectos. Sin embargo, fue una poderosa sorpresa sentirme plena, libre, creativa y fuerte en la escucha y en el accionar para aligerar la carga de aquellos recuerdos o traumas que una lleva consigo. En este taller que forma parte de un diplomado de Arteterapia, vi de cerca el dolor que todas personas traemos en la mente y el cuerpo ¿Qué podría dolerle a una joven de 20 años? ¿Qué trauma podría tener esa mujer académica tan fuerte? ¿Qué sentimiento esconde la muerte de un ser querido? En este taller, recordé que todas las personas traemos una carga sin importar nuestra edad, ni credenciales académicas o condiciones económicas.
En este primer acercamiento a la técnica terapéutica de la dramaterapia, vi de cerca lo necesario que es expresar nuestros sentimientos para superar aquellos traumas o pensamientos limitantes. Las herramientas para lograrlo son diversas: podemos aplicar juego de roles, máscaras, representaciones teatrales, entre otros, para expresar -en un espacio seguro- lo que nos ha pasado.
En uno de los ejercicios, pintamos personajes en los dedos de nuestras manos, la punta gruesa del marcador azul no me ayudó mucho pero aún así pude representar una situación desagradable reciente, donde estuvieron involucrados varios personajes con sus respectivos roles. Lo primero que vino a mi mente fue mi experiencia en la CEDH Sonora. En otro ejercicio, dibujamos tres máscaras, las cortamos a la mitad y usamos la parte superior en escena, para representar otra situación con tres emociones. Preferí reír y recrear aquella mañana de hace algunos años cuando desperté feliz al escuchar el sonido de la lluvia y en mi debate interno decidí no ir a trabajar porque los días de lluvia nadie debería ir a una oficina. Cuando me levanté para preparar mi café y disfrutar el paisaje lluvioso, abrí la puerta y mi espíritu rebelde se esfumó en un segundo. Frente a mí no había una gota, todo estaba seco, igual que el día anterior. Mi mente tardó en entender cómo es que seguía escuchando la lluvia en medio de esa aridez. Al salir de casa y caminar hacia el pasillo, me di cuenta: el agua que escuchaba era la del tinaco cayendo por el techo… Mi acto de rebeldía se esfumó en segundos, cerré la llave de paso y ese día, también fui a trabajar.
En este recuerdo escenificado fui de la alegría a la sorpresa y el desencanto, así como cuando una observa que todavía no se considera al sector artístico y cultural como aliado estratégico para impulsar políticas públicas que nos ayuden a reducir la violencia, la discriminación, el odio, la intolerancia, la desesperanza y un largo etcétera que nos respira en la nuca.