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El siglo XX nos dejó no solamente dos guerras mundiales, numerosos conflictos bélicos, revoluciones sociales y culturales, desastres ocasionados por los factores antropogénicos, inventos científicos y tecnológicos, avances en la medicina, la conquista del espacio, la independencia de muchos países, derechos humanos, etc. Pero sin lugar a duda, uno de los movimientos políticos que trastocó los cimientos de las sociedades patriarcales y de su sistema, ha sido el Feminismo, ya sea en cualquiera de sus vertientes (el liberal, de la igualdad, el radical, el de la tercera ola por citar ejemplos).
Los orígenes del Feminismo moderno comenzaron en el siglo XVIII, tras una serie de publicaciones o manifiestos escritos por mujeres. Basta recordar a Olympe de Gouges en Francia, con su Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana en 1791, a raíz de quedar excluidas las féminas, fuera de la otra declaración enfocada a los hombres. En Inglaterra, Mary Wollstonecraft aceleró el avance de las ideas feministas en 1792, con su Vindicación de los Derechos de la Mujer, en donde cuestionó la poca educación y el matrimonio como espacios de sujeción femenina. Para ambas pensadoras, el centro de debate era el sistema de organización patriarcal, el cual como sabemos, construyó y asignó determinadas funciones de carácter biológico a las mujeres dentro de la estructura social. De ahí, que se ubicaran dos espacios en los cuales, se delimitaron las acciones masculinas dentro de la llamada esfera pública y el mundo femenino, ubicado en la esfera privada. A ésta última correspondió todo lo familiar, el hogar, la vida doméstica, la reproducción del sistema, la crianza, etc.
De esta forma, llegamos al año de 1857, en la que un grupo de obreras de fábricas textiles, salieron a las calles de Nueva York a manifestarse por las condiciones terribles en las que laboraban. La reacción no se hizo esperar y fueron reprimidas violentamente. De ahí, este suceso se tomó 115 años después, como una referencia para que, en 1972, desde la propia Asamblea General de la ONU, se declarara a partir del año 1975, como el Día Internacional de la Mujer.
En años recientes, el color morado ha sido tomado como un símbolo de protesta, de resistencia y una serie de luchas, en contra de todo el sistema de opresión femenina y sus variantes; pues no es posible, que todavía en pleno siglo XXI, hay países que bajo el argumento de sus “tradiciones, usos y costumbres”, siguen manteniendo los mecanismos de sujeción, discriminación, explotación, pobreza y miseria, inequidades y la falta de justicia en contra de las niñas y mujeres. Tan sólo en México, el dolor de numerosas familias que han perdido a sus hijas, familiares, amigas, compañeras de trabajo, vecinas, hermanas o madres como resultado de las acciones misóginas, las cuales producen feminicidios y éstos aún continuarán, mientras el sistema de justicia no sancione cabalmente y apegado a un marco jurídico, cada uno de esos actos deliberados. Pero también es cierto, que las propias relaciones al interior de las familias, constituyen siempre una de las causas detonadoras de la violencia de género. En muchas situaciones, porque se siguen reproduciendo las pautas conductuales de sometimiento, aunado a la poca cultura de la denuncia, provocando una larga cadena de acciones negativas, las cuales merman la calidad de vida, tanto de mujeres como de niñas y niños.
Por ello, el 8 de marzo no debe ser una celebración a la ligera y sin discusiones, tampoco una moda o pose en los medios de comunicación, sino más bien, un punto de reflexión que lleve en primer lugar a los hombres, a cuestionarse hasta qué punto la virilidad no es sinónimo de someter a otra persona, ni mucho menos imponerse a través de la fuerza física y sexual. Pues se debe estar consciente que vivimos en un mundo civilizado, organizado socialmente y con leyes, garantes de la protección y los derechos humanos de las mujeres. El hecho de ser hombre y sumarse al día internacional de la mujer de manera consciente, es una de las soluciones para erradicar la violencia de género. Claro está, que no sólo es función de las familias generar un ambiente de igualdad y equidad, sino también de la propia comunidad, la sociedad diversa, las mismas instituciones, las escuelas y sus sistemas de enseñanza/aprendizaje; pues la educación escolarizada y apegada, a un marco de respeto y valores positivos, van creando ciudadanos, hombres y mujeres, en un ambiente democrático, participativo, igualitario, equitativo y de inclusión.