Ideales de belleza que lastiman
Vanessa Rodríguez y Sofía Stamatio
El pasado lunes 30 de agosto entró en vigor la reforma que modifica el artículo 18 bis de la Ley Estatal de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia de Género, de Oaxaca.
Vanessa Rodríguez y Sofía Stamatio
El pasado lunes 30 de agosto entró en vigor la reforma que modifica el artículo 18 bis de la Ley Estatal de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia de Género, de Oaxaca.
La reforma incorpora el término violencia simbólica, acuñado por el sociólogo francés Pierre Bordieu, a la lista de formas de violencia contra la mujer por razón de género. El dictamen de la iniciativa la define como "la expresión, emisión o difusión por cualquier medio, ya sea en el ámbito público o privado, de recursos, mensajes, patrones estereotipados, signos, valores icónicos e ideas que transmiten, reproducen, justifican o naturalizan la subordinación, desigualdad, discriminación y violencia contra las mujeres". La ahora reformada ley oaxaqueña considera violencia simbólica, entre otras manifestaciones, "a los concursos, certámenes, elecciones, competencias y cualquier otro tipo de eventos que promuevan estereotipos de género, y con base en los mismos, evalúen de forma integral o parcial la apariencia física de mujeres, niñas y adolescentes". Finalmente, establece que las instituciones públicas no podrán asignar recursos para la realización de dichos concursos.
El Consejo Nacional de Población (CONAPO) y la Comisión Nacional para Prevenir y Erradicar la Violencia contra las Mujeres (CONAVIM) establecen que las manifestaciones de la violencia simbólica “son tan sutiles e imperceptibles que es permitida y aceptada por el dominador y el dominado. La violencia simbólica es la base de todos los tipos de violencia; a través de las costumbres, tradiciones y prácticas cotidianas se refuerzan y reproducen las relaciones basadas en el dominio y la sumisión.”
El documento subraya que la violencia simbólica permea todos los ámbitos y reproduce esquemas de opresión, desigualdad y discriminación, y que los medios de comunicación masiva la reproducen, no sólo porque presentan a las mujeres como objetos, sobrevalorando los estereotipos de belleza imperantes en el contexto y la época, sino también porque las colocan en roles subordinados.
¿De qué manera impacta la violencia simbólica la salud mental de las mujeres? En una sociedad en la que la discriminación basada en el aspecto físico de las personas es generalizada, la presión que se deposita sobre las mujeres para cumplir con estándares de belleza puede llegar a ser asfixiante. Más aún, si consideramos que esos estándares pocas veces coinciden con las características físicas de la mayoría de las mujeres mexicanas:
delgadez, estatura alta, piel blanca, cabello y ojos claros, rasgos caucásicos. La presión es tan fuerte, que infinidad de mujeres dedican buena parte de su vida a intentar cumplir con tales estereotipos, ya sea aplicándose maquillaje, ejercitándose en exceso, siguiendo dietas que podrían resultar peligrosas o incluso sometiéndose a procedimientos quirúrgicos de tipo estético. Detrás de estos intentos sobrehumanos hay personas de carne y hueso esforzándose por ser aceptadas, por pertenecer a grupos sociales que les han sido históricamente vedados, incluso para evitar ser discriminadas tan intensamente como si no lo hicieran.
La presión por parecer “bellas” según cánones inverosímiles para nuestra realidad mexicana, es una de las razones más frecuentes, aunque menos aceptadas y atendidas, de diversas afecciones de tipo emocional y mental: depresión, trastornos alimenticios, baja autoestima, ansiedad, abuso de sustancias, y un largo etcétera. Para muestra, un botón: el 90 por ciento de las personas afectadas por trastornos alimenticios son mujeres de entre 12 y 25 años, de acuerdo a Leticia Flores Pérez Pasten, psiquiatra de la Coordinación de Atención Integral en Segundo Nivel del IMSS.
Es decir, que a la larga lista de mandatos que como mujeres estamos obligadas a cumplir dentro de un sistema patriarcal que nos desvaloriza, se suma el esfuerzo incesante por parecernos a mujeres ajenas a nuestro entorno. Sin embargo, sentirnos despreciadas por poseer un físico que no cuadra con la expectativa social no es un problema nuestro ni tampoco es individual: es una enfermedad de nuestra sociedad y se llama patriarcado, que se expresa, en este caso, a través de la violencia simbólica de los estándares de belleza. Libérate, mujer, pues los cánones que definen tu belleza aún no han sido inventados.