Sobremesa | Un tazón de avena
Elegí una silla donde el vientecillo del ducto del aparato enfriador me refrescara. Pedí un café de olla, mientras preparaban la avena. La luz del ventanal ilumina el espacio. Observé a los escasos peatones que pasaron frente a mi.
Pusieron mi pedido frente a mí. Un tazón de avena en hojuela bastante espesa, un pan tostado con mantequilla cortada en diagonal servidos en un plato color marrón y ocre. Procedí a sumergir la cuchara en esa papilla grumosa con un leve sabor a canela.
Salí del lugar corroborando que la gran enemiga de la felicidad es la expectativa. Abordé mi carro con la firme seguridad que en algún lugar habrá un tazón de avena como el que mi mamá me servía antaño.
Intenté no estancarme en la inconformidad con la avena, sus hojuelas grandes y un poco duras, pero bellamente servidas en un tazón y coronadas con dos frambuesas para alegrar cromáticamente la presentación.













