Locallunes, 14 de julio de 2025
La “Güera” y sus andadas de comerciante
Eva Aguilar Guzmán tiene 60 años, más de la mitad de su vida la ha pasado en el Mercado Reforma vendiendo elotes y esquites
Mario Luna
A los 12 años, la “Güera” comenzó en las andadas de ser comerciante. Salía de su casa en el Barrio de la Concepción, en San Juan del Río, y mientras caminaba cortaba quelites, verdolagas y tunas que había en tierras de cultivo que hoy ya no existen. Luego, sus pasos la llevaban hasta el centro de la ciudad, donde se instalaba para mercadear esos productos y llevar dinero al hogar.
La vida no quiso que la “Güera” hiciera cosas que hacen las niñas a esa edad, como jugar o ir a la escuela. Eran otras épocas, otros tiempos. Tiempos en donde las infancias recolectaban lo que el campo proveyera para venderlo y apoyar la economía de sus casas. Recuerda que cuando no vendía sus productos iba a los negocios para intercambiarlos por piezas de pan o litros de leche.
“Yo empecé a los 12 años. Mi mamá me ponía a vender verdolagas, quelites, tunas. A mí me daba pena, pero dije: ¿pena por qué si no estoy robando? Como vivíamos en la Concha, pasábamos por las milpas del río y ahí cortábamos lo que fuera. Antes estaba una panadería en el centro, la atendía un señor que me conocía de chiquilla. Entonces, cuando no vendía, pasaba y le decía que no fuera malo, que me cambiara los quelites por un pan, y lo hacía, me daba mis panes”, dice.
Eva Aguilar Guzmán fue el nombre que se le dio en la pila de bautismo, pero con el tiempo ha quedado en segundo plano, pues todo mundo la conoce como la “Güera”, por ese color de piel blanquecino y sus ojos almendrados que se esconden detrás de unos anteojos. Cuenta que después de esas ventas primerizas se instaló en una esquina del centro a vender elotes. Poco fue el tiempo que duró ahí, pues la movieron una y otra vez hasta que llegó al Mercado Reforma.
En este último sitio ha pasado 38 años, más de la mitad de su vida, todos ellos ofreciendo elotes asados y hervidos, y esquites, cuya receta la aprendió de un joven que humildemente le presumía una camioneta del año y una enorme casa que construyó solo con las ganancias de la venta de este delicioso antojito mexicano. El Mercado Reforma fue el parque de sus hijos y en él han pasado fríos, lluvias y calores.
La “Güera” se interrumpe de vez en vez para atender a los clientes que se paran frente a ese anafre que guarda brasas cuyo calor pinta un rubor sobre sus mejillas. Doña Eva toma un vaso de unicel y hace el ritual de cada fin de semana: echa una cucharada de esquites, pone mayonesa y queso, y luego hace la pregunta obligada. - “¿Chile del que pica o del que no pica?” Lo entrega, devuelve cambio y sigue contando.
Señala que el oficio de tantos años comienza a cobrar factura. Los dolores de espalda la obligaron a ir al doctor en enero pasado. Tras hacerse unas radiografías, el médico le dijo que sus pulmones de 60 años se han pintado de negro por inhalar en todo este tiempo el hollín del carbón. Ella vio esas manches oscuras y fue ahí cuando en su mente surgió la noble idea de “rajarse”, de ya no trabajar más.
“Hay veces que sí ya me estoy rajando. De mis pulmones ya ando enferma. Me dijo el doctor ‘ya párele señora, porque sus pulmones ya están muy negros’. Yo le dije que ya no vendo diario, solo uno o dos días, por lo mismo que me canso mucho. Pero, me dijo que le bajara, que le pensara”, vuelve a interrumpirse, toma un elote carbonizado de sus hojas y hace el ritual de cada fin de semana.