
En estos días llama la atención la manera de relacionarnos y vincularnos con la pareja. Desde hace mucho tiempo se ha discutido si la especie humana es monógama por “naturaleza” o es el resultado de vivir en una estructura opresiva “normalizada”. Si bien es cierto que las dos formas poseen puntos de reflexión, la monogamia es la más aceptada por la colectividad, ya que ha permitido establecer un orden social y legal.
No obstante, habría que alertar que todos damos por hecho que sabemos cómo es la vida en pareja (qué está permitido y qué no lo está), corriendo el riesgo de caer en imposiciones “disfrazadas de amor”. En tanto, otro tipo de conexiones “no normalizadas” como las relaciones “abiertas”, el “poliamor” o muchas otras de la comunidad LGBTIQ+, donde no existe un modelo preestablecido, se genera la necesidad de la comunicación y se desarrolla la capacidad de generar acuerdos.
La construcción del concepto del amor y de pareja están influenciadas por la forma en la que nos educaron; lo que vimos de nuestros padres y lo que vivimos en las instituciones educativas. Nos enseñaron a amar de cierta manera, a concebir la idea que una pareja nos dará la “felicidad”; a la valoración de que el amor “es para siempre”, al cariño “incondicional” de una madre “sacrificada” y de un padre “proveedor”, y a que el amor “duele”. Tal como en la novela clásica de William Shakespeare (Romeo y Julieta), al sueño de encontrar a nuestra “media naranja” (como si estuviéramos incompletos), y finalmente, cuando tenemos esa “mitad”, esperamos que ésta nos de todo lo que necesitamos.
Lo anterior es producto de una percepción de propiedad sobre el otro, tal como lo dice Paulina Rubio en su canción "Ese hombre es mío". El aspecto sexual de la pareja ha sido minimizado por una cultura coitocentrista y falocentrista, siendo la sexualidad mucho más amplia.
Si queremos indagar a fondo sobre nuestra idealización del amor bastaría recordar la mitología de la Antigua Grecia que muestra el complejo de Edipo y Electra (explicado en el siglo XX por Sigmund Freud), donde los niños desarrollan sentimientos inconscientes de atracción romántica hacia el progenitor del sexo opuesto y rivalidad con el progenitor del mismo sexo, es decir, el padre o la madre son nuestro primer referente amoroso en la vida. Luego entonces, al ser un tema “tabú” el concepto de sentir deseo sexual hacia el progenitor, dicho amor de manera “inconsciente” lo desplazamos y lo buscamos en otras relaciones. Se trata de un amor idealizado que jamás vamos a encontrar, dando paso a carencias y necesidades afectivas.
Lo anterior crea, entonces, muchas dificultades con la pareja. Cuando la mujer se convierte en madre, el hombre cambia la forma de mirarla, no la ve como mujer, sino como procreadora. Es por ello que en múltiples ocasiones se dan las infidelidades, los conflictos de pareja, la codependencia, e incluso, hasta el nivel de aceptar secretos, prefiriendo “no saber”, en vez de hablar.
Podemos concluir que tenemos la oportunidad de ser más felices y plenos cuando entendemos de dónde venimos; cuando estamos dispuestos a dialogar; a construir acuerdos; cuando comprendemos que siempre hay algo que trabajar en nosotros y en pareja; cuando sabemos que el amor no es sólo de pareja, también hay otros amores (los amigos, la familia, los pasatiempos y los proyectos, etcétera), y sobre todo, cuando asimilamos que no necesariamente el amor “es para siempre”.
Muchas veces también es un acto de amor y valentía decir “adiós” y saber que “nadie nos pertenece”, sólo es nuestro “turno”. Cuando tomamos conciencia y reflexionamos sobre estos aspectos podemos entender cuál es modelo de amor que aprendimos y cuál es el que queremos.