Tiradero clandestino, útil para el sustento
Familias en el olvido... “Hemos aprendido a sacarle provecho al material que aquí dejan, separamos y nos lanzamos a vender lo que sirve, y con eso compramos nuestra comida del día”
Alejandra Ruiz / El Sol de San Luis
Un remolino de arena opaca la mirada de cualquiera al entrar a El Aguaje 2000, una colonia de la periferia oriente de la Capital, donde la marginación y la precariedad de sus residentes y pobladores es notoria.
Ningún vecino de esta zona se atreve a salir a solas -incluso a la luz del día-, pues sus calles sin pavimentar evidencian la presencia de la delincuencia y el olvido de las autoridades.
Personas con camiones, camionetas, carretones y hasta carretillas con material llegan a esta zona desde temprana hora, para descargar la basura o residuos sin revisión o supervisión alguna.
Así es como algunas familias de la zona, subsisten de esta actividad, pues al ser vertidos los desechos, de inmediato bajan a buscar plástico y metal, el cual separan a conciencia, para poder venderlo después.
VIVIR DE LAS RUINAS
Así lo es para los primos Alemán, cinco jóvenes hombres de entre los 17 y 21 años de edad, que se dedican a cuidar el tiradero y a recolectar el material que en él se deposita para sobrevivir económicamente.
Provenientes de familias de escasos recursos de la colonia La Joya y El Aguaje 2000, con una educación básica que solo llegó hasta el primero de secundaria, Miguel Ángel, Juan Alejandro y Jesús, rellenan el tiradero con el material que llega hasta esta zona.
Desde muy temprana hora, estos jovencitos se apresuran para comenzar a trabajar.
Dos mil pesos al mes, -según indican-, son las ganancias netas que tienen al poder vender cualquier fierro o plástico que puedan sacar de este tiradero a cielo abierto. Todo es ganancia si se sabe trabajar y recolectar lo que sirva, puntualizan.
“Es mucho el material que llega de las construcciones a esta área. A veces muchas toneladas, todo depende de qué tanto trabajo haya. Hay días en los que no dejan nada, más que piedras, escombro y ladrillos”.
“Nosotros sobrevivimos de esto. Desde hace años muchos nos alejamos de nuestras familias, lo que originó que encontráramos aquí un lugar para vivir y trabajar”, comentó Miguel Ángel de 19 años de edad.
Mientras fuman una pipa que se comparten para paliar de alguna forma el cansancio que les deja su trabajo, los primos Alemán sonríen, al recordar las ganancias que les ha dejado su labor como recolectores en este tiradero.
Los días en este vertedero transcurren entre el ruido del pesado escombro que cae cuesta abajo, las palas que se mueven entre las montañas de desechos y el sonido del viento repleto de la arena que cubre el rostro de quienes aquí viven y sobreviven.


































