Mientras la percepción de inseguridad alcanza niveles críticos en Culiacán, una banda de jazz toma las calles para reanimar la vida cultural y demostrar que aún es posible tocar, reunirse y resistir
En medio de una ciudad herida, Musa propone otra narrativa: la de la música que transforma, une y reencanta el espacio común. Un saxofón en la calle no parece mucho, pero en Culiacán, significa esperanza.
“Yo creo que todos nos encontramos inquietos con el tema de inseguridad... Nosotros buscamos combatir eso con el lenguaje universal que promueve la armonía y el entendimiento mutuo entre culturas y el jazz”
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Musa, proponen una alternativa, la música como forma de apropiación pacífica del territorio. / Foto: Cortesía/Armando Harmonías
En una ciudad marcada por la violencia y el miedo, un grupo de jóvenes culichis ha decidido tocar una melodía distinta, se hacen llamar Musa, como la diosa de la inspiración, y su objetivo no es llenar estadios ni firmar con disqueras, lo suyo es el jazz, y su escenario son las calles de Culiacán.
Mientras 90.8 por ciento de los culiacanenses consideran que no se sienten seguros en el espacio público según la estadística más reciente del INEGI, estos jóvenes proponen una alternativa, la música como forma de apropiación pacífica del territorio. Tocan en sitios donde el jazz nunca había sonado, Las Riberas, el Paseo del Ángel, la Catedral, lugares en donde la vida nocturna ha menguado a causa de los hechos violentos y un “toque de queda” no oficial.
“Yo creo que todos nos encontramos inquietos con el tema de inseguridad, todos vemos en las noticias que levantan a uno, que secuestran a otro, no se sabe por qué ni cómo, entonces sí es difícil tener tranquilidad... Nosotros buscamos combatir eso con el lenguaje universal que promueve la armonía y el entendimiento mutuo entre culturas y el jazz”, afirma Antonio Salas, uno de los integrantes.
Musa está conformada por Armando Harmonías (saxofonista), Antonio Salas (bajista), Eduardo Flores (tecladista) y Norman Sepúlveda (baterista). La banda nació de la amistad y del deseo de expresarse con libertad, más que un proyecto profesional, es un acto colectivo de resistencia cultural. “Empezamos por juntarnos a tocar entre amigos. El jazz es libertad, y entre compas eso se disfruta más. Es hablar con el instrumento”, comenta Antonio.
La escena musical en Culiacán, que alguna vez fue diversa y activa, se ha visto afectada por diversos factores. mientras poco a poco se recuperaba tras la pandemia, la violencia volvió a mermar la situación de la escena musical. Aunque hay bandas y artistas, lo que falta, dicen, son espacios. “Las tocadas ya no existen como antes. Pero creemos que puede volver. Nosotros ya llevamos cuatro presentaciones y estamos seguros de que más músicos se van a animar a salir a la calle”, asegura Norman.
Un acto de resistencia cultural ante la violencia que enfrenta la ciudad. / Foto: Cortesía/Armando Harmonías
Además de tocar, los integrantes de Musa buscan registrar sus presentaciones para compartir una mirada distinta de su ciudad. Con ayuda de amigos cercanos, graban video, audio y fotos de cada intervención. No lo hacen para volverse virales, sino para documentar un movimiento cultural que intenta reconstruir Culiacán desde la música.“Queremos grabar en sitios icónicos, como el Puente Negro, la Plazuela Rosales o Barrancos, mostrar otro Culiacán, otro tipo de sonido”, agrega Eduardo.
Sus presentaciones improvisadas han tenido buena recepción, los artistas cuentan que lo más satisfactorio son las sonrisas, los aplausos, mirar cómo las personas se alegran de escucharlos tocar, eso es lo que los impulsa. Armando, el saxofonista, cuenta que lo que más le emociona es ver la reacción de los niños, “no entienden qué estamos haciendo, pero sonríen, se mueven, algo en su cuerpo responde a la música, eso es lo que más me gusta ver en la gente, que, no solo en los niños; con todas las personas, como que ver que estamos ahí, que reaccionen a nuestra música que realmente no es muy apreciable aquí.”
Aunque a veces son ignorados, desplazados o incluso corridos, no pierden el ánimo y entre sus anécdotas, Armando recuerda, “una vez estaba tocando y un señor que vendía revistas me gritó muy groseramente que me callara, pero no dejé de tocar, solo me cambié de lugar, ahora siempre pregunto antes de instalarme, y la mayoría de la gente responde bien”, relata.
Musa no pretende llenar vacíos comerciales, sino emocionales y comunitarios. Su próximo paso es organizar tocadas en estudios o espacios seguros, donde se pueda seguir experimentando con el género y compartirlo con públicos diversos. “Queremos que Culiacán vuelva a sonar distinto. Y que quien sepa tocar, se arrime. Somos buena onda. Esto es por amor al arte y por amor a la ciudad”, concluyen.
Mientras el estigma de la narcocultura persiste en la ciudad, Musa busca que la ciudad sea influenciada por su música. Sin ninguna pretensión más que tocar entre amigos y tener la libertad de expresarse como es el jazz, dicho es sus palabras, el jazz es libertad.