El amor joven del dictador
Es posible que Carmelita se ruborizara de las faltas de ortografía en las que frecuentemente incurría el General Díaz, de su costumbre de escupir en el piso sobre las alfombras, y de esa terrible manía que nunca se pudo quitar de hablar con la boca llena de comida.
Pero lo que siempre recordó (lo cuenta en sus memorias) fue el enorme privilegio que le dio la vida, de haber vivido días memorables para México a lado de su amado General Porfirio Díaz.
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