A unos 80 kilómetros por hora, en una calle interior y en una curva, un hombre perdió la vida apenas a unos metros de donde yo vivo. Manejando una motocicleta, sin casco, en estado inconveniente, derrapó y salió disparado contra un contenedor de basura que golpeó con la cabeza. Un golpe fatal. El milagro fue que junto a él viajaba un niño de unos ocho años que también salió disparado, pero que solo se llevó algunos raspones y el trauma de ver a su familiar perder la vida ante sus ojos. Es el drama cotidiano, el pan nuestro de cada día en nuestras calles y avenidas, en donde la facilidad de obtener una motocicleta o un vehículo eléctrico se combina con la necesidad de transporte y la impericia o ignorancia de quienes tienen al alcance de la mano estos vehículos y ni siquiera entienden la responsabilidad de aventurarse a las calles en ellos. Ahí, en nuestras calles del sur de Tamaulipas, siete de cada diez accidentes viales tienen como protagonista a una motocicleta. Más de 60 percances al mes y, lo más doloroso, un promedio de 16 muertes mensuales de motociclistas. Es una estadística fría, pero también son familias rotas, proyectos truncados y una alerta que ya no admite indiferencia. El problema ha dejado de ser aislado para convertirse en una constante que se normaliza peligrosamente. La motocicleta, vista como una alternativa económica y ágil, se ha multiplicado en nuestras ciudades sin que crezca al mismo ritmo la cultura de prevención ni la infraestructura adecuada. La escena se repite con alarmante frecuencia: exceso de velocidad, maniobras imprudentes, falta de casco y distracciones al conducir. No es casualidad, es una suma de irresponsabilidades que termina por convertir la vía pública en un espacio de alto riesgo. Conducir una motocicleta exige más que equilibrio; demanda conciencia. No basta con saber avanzar, hay que saber convivir en la vía. Cada regla ignorada es una posibilidad más de tragedia. Las autoridades de tránsito han reforzado operativos, revisan documentación y promueven el uso del casco. Sin embargo, la realidad demuestra que los esfuerzos, aunque necesarios, no han sido suficientes. La cultura vial sigue siendo la gran deuda pendiente. En este contexto, en el que cotidianamente vemos “motos sardinas” con familias enteras sobre el frágil vehículo, el Congreso del Estado de Tamaulipas analiza una medida que ha generado debate: prohibir que menores de 12 años viajen en motocicleta. La iniciativa impulsada por la diputada Ana Laura Huerta Valdovinos busca poner un alto donde hoy existe un vacío de protección. Y es que los menores no tienen la fuerza ni la estabilidad necesarias para sostenerse en estos vehículos. Sin carrocería que los proteja, el impacto en un accidente es directo y devastador. En ciudades como Tampico, Ciudad Madero y Altamira, donde circulan miles de motocicletas, el riesgo se multiplica cada día. La medida puede parecer estricta para algunos, pero responde a una realidad innegable: hay vidas que deben protegerse por encima de cualquier comodidad o costumbre. Regular no es limitar derechos, es prevenir tragedias. Hoy más que nunca urge entender que cada imprudencia en dos ruedas no solo pone en juego la vida propia, sino la de todos. Porque en la calle, el descuido no es accidente: es consecuencia.
Recorriendo las colonias, en bicicleta rodando por la zona rural y urbana, caminando calle a calle, colonia a colonia, sector a sector, el presidente municipal de Altamira, Armando Martínez Manríquez, va descubriendo lo que le duele a Altamira y va aplicando soluciones inmediatas, efectivas y permanentes. Un buen ejemplo son los recursos que recientemente autorizó el Cabildo para obras de reposición de drenaje sanitario en las colonias Monte de los Olivos, Nuevo Lomas del Real y Monte Alto SIPOBLADURT, en donde simplemente no esperará a que la Comapa Altamira (que buena carga de trabajo tiene) tenga los recursos para llegar a estos sectores llenos de aguas negras, para resolver el problema lo antes posible. Con recursos del Fondo de Aportaciones para la Infraestructura Social (FAIS), el municipio le entrará de lleno con sus propios recursos para arreglar estos añejos y graves problemas. Esto es lo que convierte a un político en estadista. Estar cerca de su gente, resolver ahí mismo los problemas sin importar de dónde venga la solución y pasar de inmediato al siguiente asunto sin resolver. Está claro que ni Martínez Manríquez ni nadie trae una varita mágica para resolver décadas de atraso, negligencia y abandono, ciertamente hay mucho que resolver, pero es notoria la honestidad y transparencia con la que se manejan los recursos públicos en Altamira, cuyo avance es innegable y un ejemplo para Tamaulipas y para todo el país.