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Localmiércoles, 19 de febrero de 2020

El Viejo Castillo de los Abedules (Primera parte)

Una exhacienda de la época porfirista que había permanecido olvidada en una de las escasas zonas boscosas de la Ciudad de México.

Juan Carlos Velarde / El Sol de Tampico

PRIMERA DE TRES PARTES

Todo estaba ya listo...

En la historia, tendría un encarnizado y ardiente combate contra las mujeres vampiro y los murciélagos sicarios que tenía la cabecilla de esa banda de chupasangres. En esa escena en particular el santito peleaba contra los tres hijos de Drácula mexicanos.

La sola presencia de Natanael Alvarado, como un vampiro calvo y de mandíbula prominente como Maurice Tillet, era garantía de que los monstruos serían los adecuados.

Repentinamente algo falló

-¿Y ahora qué haremos? -cuestionó el señor Calderón Steel, el dueño de la empresa al conocer la falta de los hilos famosos.

-“Qué van hacer ustedes”, le respondieron Lorena Velázquez y el famoso Lobo Negro, un luchador al que le tocó representar al vampiro gordo y chaparro.

-Es un problema ajeno a nosotros los actores que debe ser resuelto por USTED, señor Calderón Steel, por dejar para el final y ya ve lo que pasó, dijo Lorena, ya convertida en Thundra la soberana de las mujeres vampiro.

Como no estaba permitido beber alcohol o cerveza, entre varios compartieron unas jarras con agua. También se las ingeniaron para conseguir una cajetilla de cigarros delicados y ponerse a platicar un buen rato.

-En verdad qué mal que la producción no consideró lo de los hilos-, dijo al grupo de actores vampiros, Carlos Suárez, el sempiterno representante del enmascarado luchador,

-Tienes toda la razón. Qué desorganización hay aquí-, reprochó también Javier Duval, un actor que hacía de novio de la hija del doctor Orlok, el científico medio loco y chiflado, descubridor del castillo de los chupasangre.

-Nunca antes en los años que tengo filmando esta clase de películas me había pasado esto-, señaló con enfado Lorena.

Y el calor seguía haciendo mella en los actores y actrices, Los periódicos eran insuficientes para echarse aire. Todos sudaban a mares y nada que llegaban los encargados de reparar los desperfectos con los murcielaguitos voladores y sus alambritos invisibles.

A alguien se le ocurrió ir por algo qué comer. Todos aplaudieron la propuesta. Sería una manera agradable de pasar la tarde y, sobre todo, de poder charlar y estrechar amistades.

Lorena, en su majestuosa belleza, tenía embobados a todos. Pero a ella eso parecía no importarle. Se comportaba como una más del grupo. Sin maquillajes, ni poses de diva, la eterna vampira del cine nacional, continuó narrando sus aventuras en el cine de horror nacional.

Lorena solo sonrió y suspiró lentamente:

“Ojalá y fueras una vampira de verdad para que bebieras mi sangre y esté siempre atado a ti”.

-No sé si eso era un poema, pero sonó bonito y me gustó. No creo que él le dijera eso a todas sus compañeras de filmación.

Efectivamente era un murciélago con las alas extendidas. Un tatuaje extraño. De color negro. En la cabeza de animal alcanzaban a verse los colmillos. Sin duda cuidaron hasta el más mínimo de los detalles para que luciera bien.

“Cuánto atrevimiento”, “qué gustitos”, “qué bárbara cómo hiciste eso”, “quién te lo tatuó”, fueron algunas de los comentarios de los demás actores, quienes para esa hora se entretenían comiendo sus bocadillos.

Y es que para la época era una osadía. No cualquiera se decidía a tatuarse el cuerpo y mucho menos un murciélago.

--Mira mi niña, tienes razón, mientras tú estés a gusto, todo está bien. Pero recuerda en qué año vives y que no todo es bien visto- le dijo al momento Lorena, con su voz sensual y pausada.

De pronto, alzó la mirada al cielo, se tomó la barba partida que la hacía verse más bella aún y dijo:

Él era un hombre de gran estatura y muy delgado. Sus brazos hiperextensos y las uñas largas que le colocaron eran impresionantes. Infundía miedo real.

Su rostro ya era cadavérico de origen, por eso especularon que era un vampiro rumano descendiente de Vlad Tepes.

Pero no era verdad. Solo estaba enfermo y anémico.

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