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Metropolilunes, 16 de diciembre de 2019

Adolorido, en crónicas del metro

Adolorido, en crónicas del metro

Texto cortesía / Ricardo Burgos Orozco

Traía un pequeño radio de transistores de esos que casi ya no se ven, con una antena larga, de las que se despliegan y se guardan.

Escuchaba a todo volumen canciones, que se antojan cuando estás dolido de amor o cuando te tomas unos tragos:

Qué mala suerte la mía,

qué mala estrella me guía,

estoy llorando mi desgracia

y las noches las hago días,

voy llorando mi desgracia, mi desgracia…

El joven escuchaba la música y volteaba la cara hacia el techo, con los ojos cerrados y tarareando la música.

Llamó mucho mi atención porque me pareció que quería llorar.

Se veía muy triste.

Bajaba la vista y observaba un papel que sacó de entre sus ropas.

Lo tomó con la mano izquierda mientras no soltaba su radio con la derecha. Leía y volteaba nuevamente hacia arriba y murmuraba algo entre dientes que yo no alcanzaba a escuchar, mucho menos con el sonido del movimiento del tren.

Otra canción y seguía con la misma actitud de adolorido:

Pobrecita la paloma,

pobrecita la paloma,

que triste se encontrará,

al saber que su palomo,

al saber que su palomo,

ya se ha ido a descansar.

Adiós, paloma querida,

adiós paloma querida…

Y luego:

Ahí en la mesa del rincón,

les pido, por favor,

que lleven la botella.

Quiero estar solo,

ahí con mi dolor.

No quiero que alguien diga que le he llorado a ella…

Metiche de mí, no pude evitar preguntarle si algo le pasaba o si de alguna manera podría ayudarle.

Parece que lo desperté de un sueño porque me volteó a ver extrañado como si estuviera violando su intimidad. No pronunció palabra alguna.

Negó con la cabeza, apagó su radio, guardó el papel que traía, se acomodó la gorra y puso cara de serio. Me hizo sentir incómodo. A lo mejor creyó que quería ligármelo, pensé.

En estos tiempos ya no se sabe. Por si acaso yo ya ni lo volteaba a ver. No vaya ser que me acuse de acoso y me detengan en la siguiente estación.

El joven iba más serio. Se bajó en Lázaro Cárdenas, pero antes de irse me tocó ligeramente un brazo y me dijo con una sonrisa ¡Gracias!

Le contesté con un movimiento de cabeza.

Nunca sabré que bronca traía, pero creo que de algo le serví.

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