Pero no debería ser así. No deberíamos vivir resistiendo. Deberíamos vivir, simplemente, viviendo. Malditos los que lucran con el hedor de la muerte: Tapachula y el Soconusco saben a pólvora, acido y ceniza. Ya no, por favor. Más amor, por favor.
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Nadie está pensando morir el día en que va a morir. Si acaso, quienes padecen una enfermedad terminal reconocen en su dolencia la fecha inevitable a la que no podrán faltar. Pero quien goza de salud —mental y física—, un ciudadano común, de a pie, que va al trabajo o a la escuela, que regresa a casa para reunirse con su familia o que emprende un viaje, no espera estar en las vísperas de su deceso. No lo contempla porque, entre los múltiples sesgos que nos habitan, la muerte propia es la más negada. Somos la única especie consciente de la muerte, pero vivimos como si fuéramos eternos.
Nosotros, los de abajo, caminamos sin el ápice de maldad, pero con una amenaza permanente respirándonos en la nuca: el asalto, la bala perdida, la soga, el cuchillo, la mano ajena que puede segar la vida en un instante. Estamos siempre al borde de la estadística, rozando ese opus infernal que se escribe con sangre anónima. Sin pedirlo ni buscarlo, estamos expuestos al mal, porque el Estado —que debería garantizar el derecho y la seguridad— olvida, o decide olvidar, que la fuerza que le fue conferida por la ciudadanía no es un privilegio, sino una responsabilidad. Y esa fuerza, tantas veces, ha sido contaminada por la corrupción, la impunidad y la negligencia.
Vivo en una casa donde al norte matan a un vendedor de tortillas de harina, solo porque estaba en el lugar equivocado. Ese mismo día, a un joven del Cobach 08 le vacían una ametralladora en la espalda. El sur no es menos crudo: un embolsado es abandonado como quien tira el cuerpo de un perro muerto. Nadie pregunta, nadie responde. El silencio también es parte de la violencia. Al este, los de gota a gota, cobran la vida de una señora que vendía tortas, al oeste un hombre estrangula a su novia en un hotel de paso. Tapachula es por momento el epicentro del mal. Y no, no son hechos aislados. En regiones como Chiapas, históricamente asociadas a la riqueza cultural y natural, la violencia ha comenzado a dejar de ser excepción para convertirse en el pan nuestro de cada día. Municipios fronterizos y rutas de tránsito han sido absorbidos por dinámicas del crimen organizado: tráfico de personas, de drogas, de armas. La geografía, antes bendición, hoy es también corredor. Y en ese corredor, la vida vale poco o nada.
De acuerdo con datos recientes del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, aunque Chiapas no encabeza las listas nacionales de homicidio doloso como otros estados del país, sí ha registrado incrementos preocupantes en delitos de alto impacto en ciertos municipios. La violencia no siempre se mide solo en números absolutos; también se mide en su expansión, en su normalización y en la percepción cotidiana de miedo.
A nivel nacional, cifras del Instituto Nacional de Estadística y Geografía indican que México ha vivido en los últimos años uno de los periodos más violentos de su historia contemporánea, con tasas de homicidio que, aunque han mostrado ligeras variaciones, siguen siendo alarmantes. Pero más allá del dato frío, lo que importa es cómo ese número se traduce en historias truncadas, en familias rotas, en comunidades enteras que aprenden a vivir con el miedo como rutina. Yo ya estoy harto de ver a mi gente morir, ¿tu?
En el sur, particularmente en zonas cercanas a la frontera con Guatemala, la violencia se entrelaza con fenómenos migratorios. Miles de personas cruzan diariamente buscando una vida mejor, pero en ese tránsito quedan expuestas a redes criminales que operan con una impunidad que parece institucionalizada. El crimen no solo mata: también desaparece, extorsiona, desplaza: descuartiza, decapita, mata.
La violencia, entonces, no es únicamente el disparo que se escucha en la noche o el cuerpo que aparece en la mañana. Es también la erosión del tejido social, la desconfianza que se instala entre vecinos, la renuncia paulatina a la vida pública. Es el comerciante que cierra más temprano, la madre que ya no deja salir a sus hijos, el estudiante que aprende a tirarse al suelo cuando escucha detonaciones.
Se ha vuelto común escuchar que “algo habrán hecho”. Esa frase, repetida hasta el cansancio, es quizá una de las formas más perversas de normalizar la violencia. Porque desplaza la responsabilidad del agresor hacia la víctima, y con ello justifica lo injustificable. Nos acostumbra a mirar la muerte ajena como un asunto lejano, casi merecido, hasta que nos toca de cerca.
Y cuando toca, ya no hay discurso que alcance. La violencia que no termina es también la violencia que no se nombra con la fuerza suficiente, que no se enfrenta con políticas públicas eficaces, que no se combate desde la raíz. Porque no basta con más patrullas o más armas; se requiere reconstruir instituciones, garantizar justicia, combatir la corrupción y, sobre todo, devolverle dignidad a la vida humana. Yo no quiero un helicóptero Black Hawk, yo solo quiero comer un helado de La Irma en paz.
Hoy, en muchas regiones, la línea entre el Estado y el crimen se vuelve difusa. Y cuando eso ocurre, el ciudadano queda en medio, desprotegido, atrapado en una lógica donde la ley es frágil y la impunidad es norma. Sin embargo, pese a todo, la vida insiste. Insiste en el vendedor que vuelve a salir al día siguiente, en la madre que sigue preparando el desayuno, en el joven que aún cree en el futuro. Esa insistencia es, quizás, la última resistencia frente a la barbarie.